El rostro oculto del fast fashion

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Escrito por: Daniela Caldelas Sentíes

La moda rápida, o  fast fashion por su nombre en inglés, se refiere a la producción en serie de prendas de ropa que siguen las últimas tendencias, con la característica de que se fabrican de forma masiva y a un costo muy bajo. Esto le permite a los compradores tener acceso a, por lo menos, unas 50 colecciones de ropa moderna al año a precios accesibles. Poco a poco, el fast fashion se ha ido convirtiendo en una expresión indiscutible de consumismo excesivo, pues los productos se adaptan a los intereses cambiantes de los consumidores prácticamente cada semana.

La facilidad de vestir a la última moda que acompaña al modelo fast, ha hecho que el sector textil, el cual es valuado en unos 300 billones de dólares, se posicione en el cuarto lugar de la lista de industrias con más alcance mundial. El marketing, la publicidad y los precios que envuelven a las marcas de moda rápida, nos presentan incontables posibilidades para innovar y actualizar continuamente nuestro guardarropas. Muchos de los productos que este tipo de marcas ofrecen se copian de las prendas de diseñador más nuevas, de las pasarelas de alta costura y de la “cultura de celebridades”, creando así una alternativa a estas mucho más económica para el público general. En realidad, este fenómeno representa más que un simple negocio; es un modelo de ropa prêt-à-porter, o “lista para usarse”, que se fabrica en menos de 24 horas y que siembra en sus consumidores la necesidad de comprar constantemente. En principio, todo esto no suena como una mala idea: ropa actual, accesible y fácil de encontrar. Sin embargo, la moda low-cost ha crecido demasiado rápido, creando problemas mayores tanto ambientales como socioeconómicos.

Estas son tan solo algunas de las realidades del fast fashion:

  • Al año, se producen aproximadamente 62 millones de toneladas de ropa, de las cuales el 50% termina siendo quemada o botada.
  • Un prenda de ropa se utiliza un promedio de 7 a 10 veces antes de ser descartada u olvidada.
  • Los materiales sintéticos que se utilizan para confeccionar el 60% de toda la ropa a nivel mundial, hacen que las prendas no sean biodegradables. El porcentaje restante, requiere un mínimo de 80 años para descomponerse en un vertedero común.
  • Se necesitan aproximadamente 10,000 litros de agua para obtener un kilogramo de algodón.
  • Las microfibras procedentes de telas como el poliéster, el nylon o la gamusa artificial, son las responsables del 30% de la contaminación del agua de mar. Además, la industria textil representa el 10% de las emisiones de carbono en todo el mundo.
  • Un 5% de los ingresos familiares anuales es destinado a la compra de artículos de moda rápida. A gran escala, esto ha logrado que el consumo de fast fashion haya aumentado un 400% en los últimos 20 años.
  • Hay aproximadamente 40 millones de trabajadores textiles en el mundo, de los cuales el 85% son mujeres. Es común que en las fábricas de telas y/o ropa no se cuente con las medidas de higiene ni de seguridad adecuadas, además de que los trabajadores de este sector son de los peor pagados del mundo.

Como alternativa al fenómeno de moda rápida, se creó el término slow fashion, o moda lenta. Esta nueva propuesta de compras sugiere un consumo sustentable, refiriéndose a este como el “uso de bienes y servicios de manera responsable”, para reducir el impacto negativo al medio ambiente y no seguir contribuyendo a la mala calidad del entorno laboral que se le da a los trabajadores de esta industria. Si bien comprar prendas fabricadas con materiales de alta calidad, tal y como se hace en el slow fashion, no resulta algo asequible para todos, también existen diversas maneras de contribuir a la disminución de las repercusiones causadas por la moda rápida:

  • Consumir local. Apoyar a los artesanos y personas que fabrican prendas con materiales naturales. Esto no solo es beneficioso para el medio ambiente, si no que también se impulsa la economía de negocios pequeños.
  • Comprar ropa de segunda mano. Hoy en día existen tiendas vintage, bazares y mercados de ropa usada que podemos encontrar a precios sumamente bajos. Así, se le da una segunda oportunidad a ropa que aún está en buen estado en lugar de simplemente desecharla. También hay campañas swap, las cuales consisten en el intercambio de prendas sin costo alguno.
  • Reusar la tela de las prendas de ropa una vez que estas alcanzan su vida útil.
  • Comprar menos y no de manera compulsiva. Esta probablemente sea la forma más sencilla de ayudar con el problema del fast fashion. También es necesario incentivar a otras personas a que disminuyan el consumo innecesario de ropa.
  • Incorporar a nuestro clóset prendas atemporales que no pasen de moda. Así, podremos utilizar el mismo abrigo, los mismos pantalones o los mismos zapatos más de las 7 veces que se tienen como promedio.
  • Fabricar nuestra propia ropa. Cada día resulta más fácil aprender cosas nuevas; con la ayuda de unos cuantos tutoriales y tela reciclada que podamos conseguir, crear una prenda desde cero queda lejos de ser imposible. También podemos personalizar y arreglar ropa vieja para prolongar su periodo de vida.
  • Localizar tiendas que cuenten con programas de reciclaje.

Lo más importante para que las secuelas del fast fashion sean las mínimas, es estar conscientes de nuestras acciones y tener la voluntad de asumir un compromiso real con el medio ambiente. También resulta imperativo que luchemos y nos opongamos ante la situación tan poco ética en la que se encuentran la mayoría de los trabajadores de fábricas textiles. Todos los que conformamos el nicho de consumidores de moda, debemos estar al tanto de la forma en la que operan nuestras marcas favoritas, así como apoyar el comercio justo y local. Hay que replantear nuestras prioridades y actuar conforme a estas, para poder tomar decisiones inteligentes en todo lo que refiere a la compra de artículos de moda. Pongamos una pequeña aportación para ser parte de una gran solución, pues todos somos parte del cambio.

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