Cuento de Fernanda Torres

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Escrito por: Fernanda Valeria Torres Soria

Los rayos de Luna tocaban los campos verdes oliva reflejándose en las casas color ladrillo, perdiéndose entre los árboles de copas frondosas. Un aroma a chocolate y madera inundaba el ambiente, la tierra respiraba exhalando una capa blanca y fina sobre los caminos de piedra. Todos en el campus aún dormían menos ella, que ya no recordaba lo que era perderse en los brazos de Morfeo sin esa incertidumbre que le producía aquella visita.

Había empezado desde que tenía 14 años, en una tarde de mayo. Aquella silueta se presentó en su habitación y entró con tanta familiaridad como si alguna vez le hubiera pertenecido, jugaba con los rayos del Sol que se colaban por la cortina, como si en verdad pudiera sentirlos, tocaba los libros en los estantes, veía las fotografías, golpeaba un punto exacto de la pared, pero no tenía la fuerza suficiente para romperlo, le quitaba importancia y salía del cuarto provocando que todas las puertas de la casa se cerraran en un estruendo.

Samantha jamás había intentado acercarse, era demasiado personal como para entrometerse; además la envidiaba, pues el calor del astro más grande jamás lo sentiría en su piel, había dejado de presentar una respuesta a estímulos como el frío o el calor, no conocía el dolor: una lástima que no pudiera decir lo mismo de la soledad que la invadía.

En el último cuarto del dormitorio femenil en un poblado a una hora y media de Londres, se encontraba Sam, de espaldas a su ventana, con una lámpara pequeña a su derecha; sus manos se movían con gracia y delicadeza sobre el lienzo blanco que poco a poco se llenaba de color, solo en ese momento podía casi sentir alguna emoción. Su cabello café descansaba en sus hombros sujeto por una liga,  pintaba y tarareaba una melodía que el viento le había enseñado, movía su pie derecho a un ritmo similar, su mente callaba, la oscuridad de la noche la abrigaba, no temía al negro velo que surcaba el cielo; hace dos años que no había sentido su presencia, al mudarse a un país extranjero asumía que la había olvidado.

No compartía el cuarto con nadie, era solo suyo temporalmente, contaba de una litera con una cama color blanco. En la parte inferior había un escritorio de madera, a un lado de éste había un armario con compartimentos y cinco cajones, habían libros de anatomía y biología molecular, de literatura antigua y actual; frascos de pintura descansaban en cajas perfectamente organizadas, en el closet se asomaba una bata blanca con su nombre bordado en cursiva, una fotografía, guardaba entre su marco la imagen de una joven riendo con su perrito a su lado, descansaba en su buró a un lado de unos dulces con un sabor picante. Su puerta estaba entre abierta, un jarrón con flores descansaba en su buró, siempre le había gustado observar en los objetos un significado por lo que el arreglo había sido escogido con cautela, con una previa investigación. Rozaba con la yema de sus dedos los pétalos, incapaz de sentir.

Tenía que practicar en el cello que se encontraba en su habitación. La mañana siguiente una ceremonia se llevaría a cabo para recordar a la mejor estudiante de su generación, cuya vida terminó mucho antes de lo que nadie desearía, pero no funcionaba aquel instrumento, había decidido callar, pues no emitía sonido alguno.

Tarareaba la melodía que tenía que practicar mientras pintaba, cuando una voz continuó la canción o al menos eso parecía.

– ¿Cómo me encontraste?, preguntó la dueña del lienzo con la poca firmeza que aún su voz no perdía.

Aquel ser recorrió su habitación con tanta familiaridad, como siempre lo hacía, su fría mirada buscaba de forma desesperada, analizando cada rincón, hasta que encontró a aquel cuyo sonido calentó su corazón cuando aún latía. Tocó el instrumento que se encontraba al fondo del cuarto, al hacerlo, el cello color caoba reconoció aquellas manos que lo tomaban con dulzura y temor a dañarlo, se hincó frente a él y Samantha observó cómo las lágrimas de la joven de ojos grises formaban caminos de sal por su rostro; esta lo acercó a su pecho, tomó el arco con cautela y lo posó en las cuerdas.

Los lauderos explican que una vez rota el alma del instrumento, es imposible que vuelvan a emitir sonido alguno, pero cuando la joven deslizó el arco sobre él, una melodía surgía poco a poco, contaba su historia y Sam podía verla, se la mostraba. Cualquiera que la hubiera escuchado sabría que tenía un sabor familiar, podías percibir el filo de la tristeza y la soledad de alguien que perdió lo mas amado, la angustia y el dolor al no haber hecho algo para cambiar lo que se avecinaba, porque eran pequeños, no sabían del olvido o el sufrimiento, se separarían, su pequeña confidente no vería el sol salir al cumplirse los 20 años, no podía saberlo, sus pulmones que en ese entonces expulsaban el aire por el dulce sonido de la risa, colapsarían, uno de los músculos más esenciales no podría soportar el peso y dejaría de latir, la joven de ojos grises tocó una última vez, sus manos temblaban, se quedó quieta un momento, su cabeza recargada contra el mango de madera, había luchado contra la muerte por ella, se había vuelto la estudiante perfecta, la hija ejemplar, para que su hermanita estuviera orgullosa, sus triunfos eran dedicados a ella, se enfrentó a un ser milenario, que había pisado la Tierra mucho antes de la llegada del hombre, habían cantos y ofrendas que mostraban el respeto que sentían los seres humanos a quién más se evitaba, ella la había desafiado, convenciendo al tiempo, rogándole que se detuviera, suplicando por la vida de su mejor amiga, ofreciendo la suya a cambio, un trato justo, pero además el olvido, su hermana no recordaría su existencia, pero viviría, sin embargo por más alto que era el costo, su confidente jamás experimentaría el dolor, ni ningún otro estímulo.

Sus ojos grises se encontraron con los de Sam, la luz de la Luna descubrió el secreto que aquella que portaba el color de su superficie guardaba, nubló el cielo para que nadie, ni siquiera aquel ser inmortal pudiera observar. Una sonrisa se formó en su rostro, la joven de ojos grises se acercó a Sam, y le dio aquel instrumento color miel, tonalidad que una vez sus ojos tuvieron.

-Es tuyo, siempre lo ha sido, le contestó con dulzura.

 Sam no pudo evitar un sollozo, como si una parte de ella hubiera encontrado la razón de su angustia.

-No te vayas, respondió, aferrándose a quien toda su vida la cuidó. Sus dedos se clavaron en su brazo, suplicaba un poco más, pero el tiempo no se detiene como un corazón que deja de latir, tocó a su hermana su rostro, sus brazos la cubrieron.

– Vive, mi pequeña, hazlo con fervor, sonríe, ama y llora, busca tu propio camino y tárdate en llegar conmigo, atrévete a descubrir quién eres. Como dos estrellas a punto de esfumarse, brillaron juntas una última vez, el cielo nocturno iluminó la habitación, borrando con gran dolor su memoria, solo de esa forma volvería a sentir, pero la olvidaría, su nombre y el color miel de sus ojos se esfumarían, convirtiéndolo en un sueño que se evaporaría al amanecer.

Los rayos del Sol tocaron su habitación, entraron en ella y alcanzaron las manos de Sam que descansaban en su cama, el sueño desaparecía poco a poco, permitiéndole abrir sus ojos, cuando se percató, que por la punta de sus dedos, se esparcía una especie de sensación que mitigaba el vació que vivió, la sensación era cálida, la tibieza que sus manos adquirían era indescriptible, una sonrisa se formó en su rostro, lágrimas formaban un pequeño camino de agua salada por sus mejillas, su mente le había permitido volver a sentir, sin imaginarse nunca la razón, seguiría su vida y sería feliz, como siempre tuvo que ser.

Mientras que cruzando el Atlántico, en aquel lugar que alguna vez fue su hogar, en donde por primera vez Sam vio a aquella joven de ojos grises, se encuentra en su habitación una fotografía cubierta de yeso, en donde se retrata a  una familia con dos hermanas sonriendo juntas, sin imaginarse que sería la última vez, pero eso solo el tiempo y ella lo saben.