Todos menos ellas

Nacional
Ilustración por: @anacecipreciat

Escrito por: Diana Martínez.

En Estados Unidos, en la década de los 30s, se volvió famoso el procedimiento quirúrgico de la lobotomía. Walter Fremman llevó a cabo la primera transorbital en 1936. Durante esta época, era común que esposos y padres de familia tomaran la decisión de someter a las mujeres a este procedimiento, diagnosticándolas con histeria, o bien, por trastornos más simples de tratar, como la depresión. Un caso muy famoso es el de Rosemary Kennedy, quien a sus 23 años sufría convulsiones y ataques de ira. Los varones de la familia Kennedy tenían una prometedora carrera política así que, para no ponerla en riesgo, en el año de 1941 su padre decidió someterla a esto. La lobotomía fracasó y dejó a Rosemary en un estado casi vegetativo.

Unos años más tarde, a finales de los 50s en Nueva York, un publicista llamado Donald Sauers escribió la guía llamada The Girl Watcher ‘s Guide, que consistía básicamente en un instructivo para poder acosar mujeres sin ser visto, y que actualmente se sigue vendiendo. A causa de Donald y su séquito de “observadores de chicas”, en 1968 Francine Gottfried se volvió famosa de manera repentina, al ser observada-acosada por hombres de camino a su trabajo, la polémica fue tan grande que los periódicos publicaron datos personales, su fotografía, así como su ruta diaria para ir al trabajo, y esto resultó en que una multitud de 5,000 se reunieran a “observarla” constantemente, solo por tener senos grandes. Esto no era nada nuevo, ya que paralelo a este suceso, era muy famoso el Miss America Pageant en donde la ganadora era llevada a los campos de batalla, donde los soldados se dedicaban a observarla.

En ocasiones, se pretende justificar estas violencias históricas apelando a problemas del pasado, sin embargo, jamás han dejado de existir. En 2005, México dictaminó la tardía tipificación del delito de “violación conyugal”; hace solo 15 años, nuestro país logró determinar que la violación dentro del matrimonio existe, con esto se modificó la jurisprudencia que había estado vigente desde 1994, cuando el delito era definido como “el ejercicio indebido de un derecho”, lo que reafirma una situación en la que la mujer toma un papel secundario en su vida y la capacidad de decidir sobre su cuerpo está ligada a las decisiones de un hombre.

Este tipo de violencia se perpetúa a través de otros ámbitos en el que el hombre ejerce control sobre el cuerpo de la mujer, por ejemplo, en el estado de Veracruz, donde el mes pasado se desechó el proyecto que buscaba despenalizar el aborto a través de la reforma de tres artículos de su código penal. Los ministros involucrados en la votación apelaron a “fallos jurídicos” para no profundizar en los razonamientos detrás de su decisión.

Mientras se llevaba a cabo la votación, un grupo de manifestantes católicos, que se hacen llamar “provida”, celebraron que la entidad no permitiera la despenalización, lo que funge como un indicador que nos permite entender que, incluso aunque se tuvieran avances en materia de decisión de las mujeres, la sociedad con profundos prejuicios morales tradicionalistas, las seguiría juzgando por ejercer sus derechos.

The Girl Watcher’s Guide, el Miss America Pageant, las lobotomías ordenadas por hombres a su conveniencia, el retraso en la tipificación de la “violación conyugal” y la penalización del aborto demuestran dos cosas: La primera es que el valor de las mujeres ha sido relacionado con qué tan consumible puede ser, y la segunda es que el control del cuerpo de las mujeres muchas veces está subordinado a las decisiones del hombre. Es importante plantearse el quién, cómo, y desde dónde se están tomando este tipo de decisiones, pues el mantener a la mujer como ser ajeno y secundario de sus derechos no ha cambiado y la supremacía del hombre, así como el juicio moral que repercute en ámbitos del Estado, tampoco. Reflexionemos sobre qué es lo que exigen estas personas que están tan asustadas del cambio, de la liberación femenina y del debido ejercicio del derecho: No todo es extremista, no todo es blanco y negro, hay matices grises que la moral tradicionalista no permite ver. La salud sexual y reproductiva, así como la educación sexual, son un derecho, y no deben ser sujetos a cuestionamientos.

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