Recomendación de la semana: “Ya no estoy aquí”

Nacional

Este filme mexicano de Fernando Frías de la Parra fue galardonado con el Premio del Público a Largometraje de Ficción Mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2019, pero llega a nosotros justo a tiempo dada la crisis en la que estamos viviendo. En ella se narra la travesía de un joven kolombiano en las montañas de Monterrey que se ve obligado a dejar su hogar para protegerse a él y a su familia de una pandilla local. Ya no estoy aquí nos llama a una reflexión de los temas más latentes en México recientemente: la violencia y la identidad.

Cuando hablamos de violencia, la película nos deja ver a través de spots en la radio y la televisión que la trama está situada el sexenio de Felipe Calderón; sexenio conocido por la famosísima guerra contra el narco que, como sabemos, más que ser un acierto político, hundió al país en un interminable infierno lleno de sangre, lagrimas, dolor, impunidad y muerte. Ulises se ve obligado a partir de su hogar por la violencia generada por los sicarios y las pandillas, y si bien se muestran directamente los cuerpos y los estragos de este suceso, la película logra capturar algo más profundo y alarmante: la violencia en México no es extraña; el narco no es el centro de la película y los personajes no reaccionan extraordinariamente ante la muerte, porque más que ser algo nuevo, es un componente de su realidad. Las personas son secuestradas diario, los sicarios se reclutan hasta por 5,000 pesos, las narcofosas, mantas y la repartición de despensas se convirtieron en el pan de cada día de un sector considerable de la población mexicana. La película no se trata sobre esto, porque es algo que ya se asume como dado en nuestro país.

La identidad dentro de la película se aborda desde el cómo la construimos y cómo la gente no solo pertenece a un grupo porque vive en una localidad, sino también porque se ve, se escucha, y se expresa igual, porque les aquejan las mismas cosas, usan el mismo lenguaje y bailan igual de verga.  El sincretismo de los kolombianos en Monterrey es muestra de todo lo anteriormente mencionado, pues las cumbias rebajadas, los peinados y los bailes no son solo un adorno, son componentes de las cosas que les permiten ser y pertenecer.

El contraste con los kolombianos y cómo viven su cultura es la apropiación que se manifiesta a través de los personajes en Nueva York. El contacto de Ulises “quiere ser negro, pero no le sale”, y Lin se ve como cualquier adolescente de Estados Unidos; ambos personajes son víctimas del proceso de aculturación que exigen los Yankees para que puedas estar ahí, como a todas las minorías en el “país de la libertad”, se les exige actuar como gringos, pero nunca se les trata como tal. Vemos como se nos fetichiza y como se objetivizan a las culturas consideradas como inferiores a través de Lin, pues incluso asumiendo que sus intenciones de ayudar a Ulises son genuinas, sus interacciones se ven caracterizadas por una curiosidad casi como si se estuviese hablando de un juguete nuevo, curiosidad que incluso la lleva a hacerse las trenzas y vestirse como kolombiana, banalizando el valor que Ulises le da a esas cosas tan importantes, así como se banalizan las trenzas, los rituales de personas nativas, las expresiones, el 5 de mayo y todo lo que no sea blanco.

La narrativa en la que se está cambiando constantemente entre pasado, futuro y presente de Ulises nos permite entender que independientemente de lo que ocurre en su travesía por los Estados Unidos sigue anclado a su pasado en Monterrey. Ulises es el reflejo de muchas personas mexicanas que se ven obligadas a emprender un viaje, no por el optimismo del futuro sino por el dolor del pasado, y la inviabilidad del presente. Esta travesía no solo es dolorosa por las peripecias del viaje, a estas se le suman el recuerdo y el desvanecimiento del ser, pues cuando ya no estás ahí, ya no eres el mismo tú. 

Más allá de elogiar la increíble fotografía, la actuación o el guion; me gustaría rescatar que el arte cumple una función social, función que debemos aprovechar hoy más que nunca. Si la situación de las personas sigue siendo vulnerable, si no existe un estado que sea lo suficientemente fuerte para garantizar el bienestar de la población, si seguimos hundidos en este en necrocapitalismo que nos obliga a rendirnos ante las garras del narcotráfico, si siguen endiosando a los capos y las personas se ven a arrastradas a renunciar a todo lo que son, por mantenerse vivas, si la brutalidad policiaca sigue impune, entonces, la lucha está muy lejos de ser terminada. Si se trata de luchar por lo justo, seguiremos siempre terkos.

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