#MiReglaMisReglas: la encrucijada del activismo digital

Espacio Feminista Nacional

Escrito por: María Fernanda Sandoval

Hace unas semanas mediante la campaña #MiReglaMisReglas se compartieron miles de imágenes que buscaban acabar con el estigma y desigualdades relacionadas con la menstruación. Este uso de las redes sociales plantea cuestionamientos sobre cómo el activismo digital puede o no generar cambios sustanciales en la realidad de miles de mujeres.

El pasado 21 de octubre, la cámara de diputados rechazó la propuesta para eliminar el IVA de toallas sanitarias, compresas, tampones, copas, o cualquier otro producto destinado a la gestión menstrual. Sin embargo, esa misma semana, la diputada Alessandra Rojo presentó una iniciativa al Congreso de la Ciudad de México para que la Secretaría de Salud de dicha ciudad regale estos productos a niñas, adolescentes, mujeres y personas con vulva que lo necesiten.

Así mismo, por medio de redes sociales comenzó una campaña llamada #MiReglaMisReglas. En instagram y Twitter, miles de mujeres han compartido fotos en las que aparecen con los dedos manchados de sangre de su menstruación o pintura roja. Además de las imágenes, las mujeres han compartido historias, anécdotas, reflexiones y datos que demuestran la urgencia de garantizar una menstruación digna para todas las personas que lo requieran. La campaña busca no solo acabar con la estigmatización a este proceso biológico, sino también exigir a las autoridades el acceso gratuito a productos destinado a la gestión menstrual.

Aunque esta campaña todavía no se ha materializado en acciones concretas por parte de las instituciones de salud, indudablemente logró colar en la agenda mediática a la menstruación como un tema de salud pública que debe ser discutido como tal, y no simplemente mediante eufemismos y la perpetuación de estereotipos de género. Este tipo de iniciativas de activismo digital podrían catalogarse como slacktivism, clicktivismo o activismo de sillón, las cuales consisten en compartir imágenes, videos, textos, peticiones, o contenido similar en internet.

La aparición de las redes sociales significó la entrada de un nuevo frente para las luchas sociales. Sin embargo, numerosos académicos, activistas, y periodistas, han criticado este tipo de activismos por la manera en que llegan a trivializar las causas al no implicar una acción directa por parte del activista, o bien, por qué simplemente funcionan como una manera de demostrar un supuesto despertar social. Esta disociación entre el discurso publicado en redes sociales y las acciones concretas convierten este tipo de activismos en algo meramente performativo, una manera de reconfortarse pues no implican un compromiso por sí mismo.

No obstante, es innegable que para el movimiento feminista, sobre todo bajo el contexto de la pandemia, el activismo digital ha sido una herramienta muy poderosa. Organizaciones como Amnistía Internacional han utilizado sus plataformas para visibilizar y viralizar los casos de Karla Pontigo, Popi y Bongeka, entre otras. Mediante videos, imágenes y animaciones, estas organizaciones hacen un llamado puntual y concreto a las autoridades mexicanas para investigar sus casos y llevar a los sospechosos ante la justicia. Este tipo de campañas, además de mantener el ojo público en estos casos, le dan un nombre a la víctimas y permiten generar una empatía mucho mayor que los otros medios tradicionales podrían hacer.

Otro ejemplo del poder e impacto de las redes sociales es el caso de Jessica González. Diversos colectivas, grupas, organizaciones, y mujeres feministas compartieron en sus redes sociales el caso de Jessica y llamaron a las autoridades a detener al presunto feminicida, Diego N. En cuestión de días, este hombre fue detenido y, aunque todavía no se dicta una sentencia, se ha dado un paso importante para continuar con el debido proceso. Es en este tipo de casos donde se puede ver cómo el activismo digital puede materializarse en resultados concretos y alejarse de un simple performativismo.

En definitiva, el confinamiento social ha incrementado el impacto y uso de las redes sociales no solo de manera individual sino colectiva. Utilizar estas plataformas para visibilizar la violencia contra las mujeres permite mantener en el ojo público en las desigualdades y exigir cuentas a las autoridades correspondientes. Sin embargo, es imperativo que los esfuerzos no se reduzcan a compartir imágenes, videos o links en redes sociales. Habría que preguntarnos si una vez que las medidas de distanciamiento se retiren estaríamos dispuestos a involucrarnos más activamente en estas causas.

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