¿Las universidades mexicanas realmente protegen a sus estudiantes?

Espacio Feminista Nacional
Fuente: PSN

Autora: Ariadna C. Pérez Rechy

El machismo, la indiferencia y el abandono de las universidades a sus estudiantes se volvieron a cruzar, provocando la muerte de Mariana Sánchez. Tras ignorar otra denuncia por violencia sexual, las víctimas de violencia siguen aumentando.

El pasado 28 de enero se encontró el cuerpo de Mariana Sánchez, estudiante de medicina, en una clínica rural ubicada en el municipio de Ocosingo, Chiapas. La joven había llegado ahí meses antes para realizar su servicio social. Sin embargo, Mariana había pedido un cambio de localidad a su institución universitaria —la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH)— debido a que sufrió un abuso sexual. Asimismo, denunció ante la Fiscalía General del Estado y buscó apoyo en la Secretaría de Salud, pero las tres instituciones le dieron la espalda, sólo dándole un mes de vacaciones para “recuperarse”.

Lo sucedido conduce a reflexionar el papel de las escuelas con respecto a la seguridad de sus estudiantes. ¿Las universidades, tanto públicas como privadas, de qué lado de la historia se encuentran?, ¿del lado de las sobrevivientes o de los agresores? O lo que resultaría aún peor, ¿están en el punto neutral de la indiferencia? Seguramente, si se les preguntara, se rasgarían las vestiduras diciendo que sus instituciones no toleran la violencia, no obstante, sus acciones no concuerdan con los discursos.

Las interpretaciones del 2019 de Un violador en tu camino, realizadas en decenas de universidades mexicanas, demostraron que los agresores también se encuentran en estas instituciones. La Universidad Iberoamericana, el ITAM, el Colegio de México, el Tecnológico de Monterrey, la Universidad Anáhuac y la Universidad del Claustro de Sor Juana, entre otras, se unieron a este canto.

Por otra parte, en muchas escuelas existen los protocolos para atender la violencia de género, no obstante, las estudiantes pocas veces los conocen. Además, estos documentos no suelen ser claros, revictimizan a la sobreviviente, no le proporcionan algún tipo de apoyo emocional, están bajo la supervisión de gente que no tiene noción de estudios de género, jamás proponen soluciones para evitar la violencia; no presentan estrategias para rehabilitar a los agresores ni se hacen responsables de lo que les ocurre a las alumnas fuera de las instalaciones —aunque el asunto claramente sea por deber institucional— como en el caso de Mariana. Sin duda hace falta mucha escucha de parte de las universidades para con sus estudiantes.

El derecho humano a la seguridad no puede seguir viéndose violentado bajo la autoridad de estas escuelas. Se tiene que presionar a las mesas directivas para que pongan atención al tema, a pesar de que no deja de ser lamentable que se deba de exigir algo que tendría que ser garantizado.

Soluciones como más vigor en la elección de sus estudiantes y personal con base en su perfil psicológico, impartir materias con perspectiva de género, darle opinión a las estudiantes en la realización de protocolos y poner a profesionales en el tema a cargo de los mismos sería una buena forma de empezar a mejorar la excelencia educativa que tanto presumen las universidades. Las escuelas deben de estar del lado correcto de la historia.