La vulnerabilidad de la mujer en tiempos del COVID-19 y nuestro papel en la problemática.

Nacional
Ilustración utilizada para el sitio “Violencia contra las mujeres. Hechos que todo el mundo debe conocer”. Imagen: ONU Mujeres. 

Apenas unos días después de las actividades por el 08 de marzo del 2020, día en que se conmemoró -y se conmemora anualmente- a la mujer y en el cual millones de ellas en todo el mundo salieron a las calles a exigir equidad, derechos y un alto a la violencia, la fase dos de la contingencia por la pandemia del COVID-19 fue anunciada por el gobierno, a la par de una serie de medidas a nivel social que cambiaron rápidamente el enfoque mediático y de las personas en general; este suceso en cierta medida aminoró el impacto de una de las expresiones del movimiento feminista más importantes de los últimos años: la misma marcha y el paro nacional del día siguiente.

La gran importancia y la alta prioridad de la pandemia están completamente justificadas, a todos nos preocupa nuestra integridad física y, más aún, que se vea afectada por un ente invisible y en cierta medida letal, sin embargo, para muchas mujeres, enfrentarse a este enemigo que para la mayoría de nosotros es el más peligroso, se convierte en un problema relativamente menor junto a otro mucho más difícil de combatir y que justamente es uno de los puntos clave de la conmemoración del día de la mujer: una pareja violenta. 

La Jornada Nacional de Sana Distancia y el #QuedateEnCasa son medidas impuestas por el gobierno mexicano para hacerle frente a la rápida expansión de la infección causada por el SARS-CoV-2, que hasta el 16 de mayo había dejado casi 50 mil infectados y alrededor de cinco mil muertos en el país, sin embargo, estas medidas han también provocado el aumento en el número de casos de violencia doméstica: de acuerdo con una nota publicada el 13 de mayo por Animal Político, el número de llamadas de emergencia por incidentes relacionados a violencia de género en la Ciudad de México aumentó alrededor de tres veces en marzo y abril, comparado con los mismos periodos de 2019, e informes de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana mostraron que a nivel nacional hubo un incremento inusual de más de cuatro mil llamadas de febrero a marzo.

Todo esto prueba una relación directa entre las medidas para combatir la contingencia y este tipo de sucesos: el mismo hecho de no poder salir, ya sea por obedecer a las autoridades o por temor a contagiarse, ha provocado que las mujeres (o familias) que viven con agresores deban convivir más tiempo con ellos, lo que aumenta la probabilidad de sufrir un episodio de esta índole, incluso con individuos que antes de la contingencia no presentaban conductas violentas. 

Dicho fenómeno pone en evidencia contundente el grave problema que se vive en el entorno de las mujeres en la sociedad mexicana, ya de por sí afectado por muchas otras expresiones de la falta de equidad de género y del machismo y que, a pesar de la situación tan delicada que estamos viviendo, no cede ni disminuye; en general, la violencia contra la mujer ha ido aumentando a medida que avanzan los años, y ni el gobierno, ni cualquier otro tipo de organizaciones e instituciones han podido mitigar los efectos de esta problemática, siendo entonces la sociedad -nosotros- el actor más efectivo. El número de feminicidios por día en el país continúa aumentando, la violencia e inseguridad siguen sin mostrar señales de dar tregua, y una pregunta tal vez, igualmente de importante que debemos hacernos además de ¿qué hay que hacer? es precisamente lo contrario, ¿qué no hay que hacer? a nivel individual. 

Minimizar el problema y compararlo con otros de índole distinta, como la propia pandemia, provocan que se invisibilice y que, por consiguiente, se deje de actuar para combatirlo por darle menor importancia; también la politización y la polarización representan una parte importante de esto, la opinión pública y el desacuerdo generalizado, aunado al contexto de la contingencia sanitaria, provoca complicaciones y falta de coordinación tanto dentro de las instituciones, notorio entre quienes componen al gobierno, por ejemplo, como entre los sectores de la población, incluyendo a la clase empresarial, a las autoridades y a la sociedad civil, por mencionar algunos. Todo esto sumado a las acciones individuales y discursos de todos nosotros, muchos de las cuales son reflejo de la apatía y de la educación machista que poseemos, pero que, por el otro lado, podemos desaprender. 

La situación que estamos viviendo como sociedad es, en efecto, extraordinaria, y la importancia mayúscula de enfrentarla juntos, resaltando siempre la solidaridad “típica” del mexicano durante una emergencia, es una idea que hay que mantener siempre presente e incluso ampliarla hacia otras direcciones. En este momento, todos estamos experimentando lo que significa ser vulnerables y, como parte de un todo, debemos entender que hay grupos de individuos que pasan por esto de manera más frecuente y cotidiana por otras razones, como la comunidad LGBT+, las minorías étnicas y, en este caso específico, las mujeres.

Vivir en una sociedad como la mexicana no es una tarea sencilla en muchos aspectos, y a quienes estamos fuera de estos círculos vulnerados -aunque estemos dentro de otros- nos toca empatizar, hacer lo que tengamos en nuestras manos para ayudar y dejar de hacer lo que hasta ahora obstaculizaba u obscurecía el panorama para combatir los problemas sin importar nuestras condiciones sociales ya que, al final, no sabemos cuando nosotros estaremos en una posición similar o si la persona con la que intercambiamos una o dos palabras al pasar el uno al lado del otro -guardando la sana distancia- se encuentra en una situación así. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *