La perpetua colonia

Nacional Opiniones

España, 1492, Cristóbal Colón, bajo las órdenes de los reyes católicos, se embarca en una expedición a bordo de la Niña, la Pinta y la Santa María, que lo llevó a tierras desconocidas al otro lado del mundo, y es así como se da el “descubrimiento” de América. Ahora, 528 años después, seguimos viviendo en un limbo que no existe, pues la academia occidentalizada nos sigue recordando esto como un descubrimiento, como un suceso que marca un antes y un después entre la barbarie y el desarrollo.

Estatua de Colón derribada en Minnesota, Estados Unidos, de El País/Evan Frost (AP)

Escrito por: Diana Martínez

La colonialidad es un sistema de múltiples opresiones, en donde el cuerpo de los colonizados es atravesado por raza, género, clase y geopolítica; estos términos son los que han sido utilizados por los colonizadores, a lo largo de los años, para diferenciarse de los colonizados: aquellos que en un principio solo eran vistos como bestias bárbaras, y que reconocieron como la otredad, para así justificar lo irracional de sus actos de conquista. Actos justificados a través del mito del “sacrificio redentor”, el cual implicaba que nosotros, los colonizados, teníamos que sufrir, evangelizarnos, erradicarnos espiritual y culturalmente para finalmente convertirnos en seres plenos.

Estas múltiples opresiones que comienzan en 1492 hoy en día siguen vigentes bajo un diferente nombre. Desde el punto del descubrimiento, lo que hoy conocemos como los países de primer mundo, se encargaron de dividirnos como el sur global y occidente, entendiendo el sur global como todos aquellos países en vías de desarrollo, y occidente global, como los que siempre han sido la ejemplificación de progreso.

Lo que ahora conocemos como la colonialidad del saber, que no es más que el pensamiento dicotómico que inculca la visión y academia de occidente, donde se muestra el lado brillante y más estético de la colonia, lo que comúnmente conocemos como la versión de los que vencieron, continúa perpetuando la colonialidad en nuestras sociedades. Ahora, ¿qué tan internalizada se tiene la colonialidad, que, años después, seguimos reproduciéndola? Esta internalización se ve manifestada a través de la culpa bajo la que se nos adoctrinó, pues éramos culpables de no ser blancos, de no ser de occidente. Siempre debemos desear pertenecer a ese espectro de “primer mundo” para ser validados, Karina Ochoa (2018) lo ejemplifica perfectamente diciendo “[…] porque si no puedo vivir como ser humano pleno, no estoy viviendo.”

A esa misma culpa y deseo de pertenencia, debemos añadirle el hecho de que “el primer mundo” impuso el estándar de que ser como ellos, es el futuro y es lo que obligatoriamente tenemos que llegar a ser, lo que implica ser una sociedad blanca, capitalista, heterosexual, católica y con familias nucleares tradicionales, y, como no lo somos, entonces no somos sociedades evolucionadas, modernas e innovadoras, sino que somos esas sociedades “tercermundistas”, “subdesarrolladas” que no supieron cuidar lo que se les otorgó. El hecho de llamarnos “subdesarrollados”, nos quita la calidad de seres humanos plenos y además nos da a entender que el desarrollo es un privilegio, el cual no nos corresponde, porque no somos evolucionados, porque no supimos cuidar lo que se nos otorgó hace tantos años.

Y es por eso por lo que la tutelas a las poblaciones colonizadas son perpetuas, porque si entendiéramos que ser blanco, que ser capitalista y vivir en occidente, no es sinónimo de progreso, no se perpetuaría el control del colonizador al colonizado, ahora lo podemos ver bajo términos institucionalizados y diplomáticos: extractivismo, instituciones financieras, préstamos, índices de desarrollo, y una cantidad innumerable de mecanismos que, bajo la excusa de que no somos capaces de saber gestionar nuestros bienes, permiten a los colonizadores continuar con la colonia perpetua. 

A pesar de “regalarnos” la tecnología, el progreso y la democracia; como diría Karina Ochoa: “se nos negó la posibilidad de ser quienes somos y se nos inculcó la necesidad de ser quienes somos”. Continuamos existiendo en el “limbo del ser” en un ciclo de explotación, en donde, si nosotros -los llamados “subdesarrollados”- quisiéramos subirnos al peldaño del desarrollo, necesitaríamos encontrar una sociedad a la cual explotar y reconocer como “subdesarrollada”, culpándola de no ser igual y obligándola a ser como la nuestra.

Esto es una invitación a la reflexión, a que nos cuestionemos lo que se nos enseña, lo que consumimos y a lo que aspiramos. Reconozcamos que nuestro valor no puede venir de un ente externo, y que nuestras condiciones nunca van a ser similares. Nuestras tradiciones, nuestros procesos, nuestra gente y nuestros países no tienen por qué seguir parámetros occidentales. Abracemos nuestras diferencias, y abandonemos la idea del descubrimiento de América.

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