La ciudad que todo lo limpia: 2 de octubre no se olvida

Nacional
Imagen de Revista Cambio

Escrito por: Anahí Lima

Han pasado 52 años desde la matanza que marcó la historia de nuestro país como un referente sobre la capacidad del Estado y los alcances del uso de su fuerza. Pero la puerta que se abrió la tarde de 1968 en Tlatelolco, nunca se cerró, ni se olvidó. Por algún tiempo se adjudicaron dichos actos a un gobierno y partido en particular, sin embargo, la evolución de los ciclos políticos demostraron que el verdadero narrador de esta historia ha sido siempre el Estado.

No se sabe con exactitud la cantidad de personas que murieron, ni sus nombres, pero cada año esta fecha es motivo de luto. Los culpables nunca fueron enjuiciados y tomó cincuenta años para que un funcionario del gobierno mexicano (Jaime Rochín, Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de la Secretaría de Gobernación en 2018) nombrara lo sucedido como un “crimen de Estado”.

Desde entonces, más nombres han sido borrados de la historia mexicana a manos del Estado, de manera que resulta difícil recordarlos a todos. El silencio total a por medio de la represión y violencia policial se volvió a observar en:

  • El Halconazo, 1971, aproximadamente 120 muertos.
  • Aguas Blancas, 1995, 17 muertos.
  • Acteal, 1997, 45 muertos.
  • Tlatlaya, 2014, 22 muertos.

Sin olvidar también los cuerpos que nunca han sido encontrados, como los 43 normalistas de Ayotzinapa en 2014, o las mujeres víctimas de Ciudad Juárez que desde 2007 hasta la fecha aún siguen desapareciendo.

Aunque no hay acto posible que pudiera compensar la pérdida de estas vidas, la esperanza por justicia suele ser el único medio de acceso a una paz, incluso si esta es parcial. No obstante, el desenlace en la historia mexicana se asemeja más a un ciclo interminable de violencia. Recientemente se ha vuelto a observar una fuerte presencia de los elementos policiales, en esta ocasión, tras las exigencias de las mujeres mexicanas.

En México, el famoso dicho “los trapos sucios se lavan en casa” alude a que la resolución de conflictos debe hacerse desde dentro. Pero lo cierto es que en esta país los problemas no se arreglan, se ocultan, y lo único que se lava es la sangre derramada de quienes alguna vez creyeron que por ser su casa se les escucharía.

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