Mujeres invisibles: un machismo silencioso

Espacio Feminista

El feminismo se plantea como una lucha “en contra del sistema, no contra los hombres”. Para entender este sistema es necesario revisar los machismos cotidianos que la cultura actual ha minimizado y ve como normales.

Escrito por: Dafne Morales e Irving Monroy

De acuerdo con Eréndira Derbez y Claudia de la Garza, escritoras del libro No son micro. Machismos cotidianos, “el machismo es una ideología muy arraigada en nuestra cultura, que se presenta de muchas formas; abarca prácticas, discursos y comportamientos que niegan a las mujeres como personas autónomas e independientes” (2020, p.11). A lo largo de la historia se han normalizado estas acciones que invisibilizan a las mujeres y dan paso a formas de opresión mucho más violentas.

En congruencia con la Organización Mundial de la Salud (OMS) una de cada tres mujeres han sido víctimas de agresión física, sexual o verbal (2013). El verdadero problema radica en que la desigualdad de género siempre ha existido, y para ser comprendida se debe echar un vistazo a las acciones cotidianas que, no dejan de ser machistas, pero el mismo contexto social y cultural las ha minimizado.

El hombre como estándar

En primer lugar, en la sociedad occidental lo común es que el hombre sea el estándar, la norma. Derbez y de la Garza (2020) explican que se parte desde las creencias religiosas que establecen a Dios como una figura masculina que creó a la mujer como un complemento del hombre. Este pensamiento ha permeado de manera negativa incluso en la comunidad científica, ya que, en la mayoría de los casos, las investigaciones médicas se realizaban a partir del cuerpo masculino, ignorando los padecimientos propios del sexo femenino.

Evitar lo femenino

Está de más decir que se suele tener la creencia de que las mujeres solo tienen interés por los temas superficiales. Principalmente en los medios de comunicación, se ofrecen contenidos que van relacionados con la salud y belleza, el cuidado del hogar y los chismes o incluso consejos sobre cómo ser más atractiva y agradable para los hombres. Dicho enfoque perpetúa los estereotipos de que estas son las únicas aspiraciones que puede o debe tener una mujer, mientras que a los hombres se les alimenta con contenidos sobre negocios y política, mayormente centrados en su propio crecimiento y superación personal.

De igual modo, existe una tendencia a antagonizar la feminidad y la masculinidad. Es la norma creer que hombres y mujeres existen en polos opuestos, asignándoles características que se creen propias de cada género. Por ejemplo, se dice que los hombres son fuertes, inteligentes y racionales; mientras que las mujeres son débiles, sensibles y emocionales. Cabe destacar que además, estas características femeninas son las que suelen considerar como negativas e indeseables si se llegan a encontrar en un hombre.

El hombre es inteligente, la mujer sensible

En relación con lo anterior, es común que las mujeres reciban un trato condescendiente por parte de los hombres. “A las mujeres hay que amarlas, no entenderlas”, esta es una frase que todas hemos escuchado y tiene su origen en una novela de Oscar Wilde escrita en 1891. Sea como sea, perpetua el prejuicio de que la mujer es un ser irracional y misterioso que existe solamente para ser apreciado.

En los últimos años se ha vuelto común escuchar el término mansplaining, el cual fue popularizado por la escritora estadounidense Rebeca Solnit y ocurre cuando un hombre ofrece explicaciones a una mujer, asumiendo que sus conocimientos son inferiores solo por su género. Lo anterior está profundamente ligado a la falta de presencia de mujeres en los ambientes académicos, lo que fomenta la impresión de que los hombres son siempre los expertos (Derbez y de la Garza, 2020).

Las mujeres como objetos

Ahora bien, es probable que uno de los temas más problemáticos que se observan en la sociedad patriarcal sea la cosificación de las mujeres. Es casi una norma encontrar en los medios de comunicación imágenes de mujeres hermosas que resultan atractivas para el ojo de los espectadores. Cuando esto sucede, la mujer deja de ser vista como una persona y se convierte en un mero objeto que existe para ser apreciado, apelando a los deseos de consumo.

Invadir la lucha

Como se ha mencionado anteriormente, uno de los principales síntomas del machismo es el minimizar, invisibilizar e invalidar al género femenino, por ello, no es para nada extraño que haya surgido una palabra como el término feminazi. Fue utilizado por primera vez en 1992 por Rush Limbaugh en su libro Cómo deberían ser las cosas, donde equipara la lucha feminista con el movimiento nazi, ya que, según él, el objetivo de las feministas es que haya la mayor cantidad de abortos posibles. Comparar la lucha por los derechos de las mujeres con una forma de fascismo que fue responsable por millones de muertes es algo peligroso que, además de descalificar el movimiento, minimiza a las víctimas del holocausto.

Es importante recalcar que la lucha feminista es “contra el sistema, no contra los hombres”. El problema es que muchos hombres, acostumbrados a los privilegios que este sistema les da, pueden sentirse molestos o amenazados al tener que ceder espacios para llegar a la igualdad” (Derbez y de la Garza, 2020, p.69). Las acciones mencionadas anteriormente pueden parecer inofensivas comparadas con una violación o un asesinato, pero esta creencia ignora que son el fundamento de un sistema desigual y que, si seguimos cometiéndolas, nunca podremos lograr escapar de él.