Declaración Great Barrington: una mirada distinta al manejo de la pandemia

Nacional Opiniones

Desde inicios del confinamiento hemos visto cambios en nuestra realidad que parecen de ciencia ficción: el establecimiento de cuarentenas, el cambio en nuestras estructuras y dinámicas laborales e incluso la manera en la que aprendemos.

Escrito por: Lino González

A pesar de esto, ha habido un creciente número de voces que consideran que las decisiones tomadas, tanto por gobiernos como por particulares, no han sido la mejor alternativa e incluso existe la preocupación de que las medidas están generando más daño del que logran prevenir, lo que nos lleva a preguntarnos ¿cuáles son estas críticas?, ¿hay evidencia que respalde estas acusaciones? y, de ser así, ¿podemos implementar otras soluciones de manera viable?

Uno de los grupos que ha planteado estas preguntas es el Great Barrington Declaration, una declaración internacional no vinculante generada por los profesionales Dr. Jay Bhattacharya, Dr. Sunetra Gupta y Dr. Martin Kulldorff, y co-firmado por demás expertos, tanto del sector epidemiológico como de instituciones de salud pública en diferentes partes del mundo. Esta declaración trae una meta premiada, y es que los efectos colaterales del confinamiento han traído una gran cantidad de malestar que podría haberse evitado o mitigado con medidas más focalizadas.

Existen varios puntos importantes en esta declaración a tomar en cuenta. El primero habla sobre los efectos negativos que han tenido estos confinamientos, mencionándose, como efecto colateral, entre otras cosas, “una menor tasa de vacunación en niños, peores resultados en el tratamiento de enfermedades cardiovasculares, menor detección de cáncer y deterioro en condiciones de salud mental”.

Por otro lado, también se habla sobre las consecuencias directas del aislamiento social, tal como un incremento en sobredosis en el uso de opioides y otras drogas en Estados Unidos, presentando similitudes entre estos eventos y las condiciones socio-económicas presentadas en la crisis de 2008. Además, se usan cifras del Center for Disease Control and Prevention (CDC) sobre el impacto que la situación ha tenido en la salud mental de las personas, efectos entre los cuales se encuentra un incremento en deseos suicidas como resultado del fenómeno.

Otro punto importante a considerar es quiénes son los afectados por estos confinamientos en mayor medida. La implementación de modelos digitales, ya sea por limitaciones de método o de práctica por parte de los docentes, alumnos e instituciones, resultan insuficientes para desarrollar el conocimiento y habilidades de los estudiantes en los diferentes grados de estudio, generando a futuro, la posibilidad de un escenario más complicado para estas generaciones. Especialmente en un país como México, donde la educación funciona como un mecanismo de movilidad social para sectores vulnerables, se debe tener esto en cuenta al momento de tomar decisiones unilaterales que afectan a estos sectores.

Cuando hablamos de reestructurar nuestra vida laboral, normalmente partimos de una situación de privilegio. De acuerdo con un paper de noviembre del año pasado, desarrollado por el National Bureau of Economic Research, “tan solo el 37% de los trabajos en Estados Unidos pueden ser desarrollados completamente en casa”, esto genera una mayor brecha de desigualdad entre aquellos que pueden trabajar en casa y aquellos que deben de salir. Es importante remarcar que México sigue siendo un país en vías de desarrollo, haciendo que esta cifra disminuya significativamente el porcentaje de la población que puede laborar de manera remota. Sumado a esto, se ahonda en que, mientras grandes empresas pueden mantener cierta estabilidad y apoyo a sus empleados durante tiempos difíciles, los pequeños negocios, también conocidos en México como PyMES, no tienen la liquidez suficiente para poder garantizar este apoyo o la implementación de estrictas regulaciones sanitarias sin tener que cerrar sus puertas, causando el desempleo de una porción significativa de la población.

Esta es otra cara de la moneda de nuestra realidad, y suelen haber 2 respuestas en nuestros medios de comunicación al plantear estas preguntas: por un lado, caricaturizar la posición adversa, tal como lo hace un artículo en The Conversation diciendo que “lo que propone la declaración se aproxima a una fiesta de varicela… niños sanos son puestos en un cercano contacto con niños infectados de manera que todos terminen infectados” (Archer.S, 2020), mientras que esta posición misma es desmentida dentro de la declaración, estableciéndose a sí mismas como una alternativa que permite maximizar la protección de las personas mientras que salvaguarda el resto de aspectos que nos hacen humanos como la socialización, la salud mental y el aprendizaje, además de enfatizar que las personas deberían tomar las medidas posibles para evitar el contagio. La otra respuesta desestima completamente esta conversación por no ser puramente de carácter científico y contener matices sociales y económicos.

En nuestras sociedades modernas nos jactamos de tener un alto acceso a la información y una mente crítica, y es en momentos de crisis -como ahora- que debemos recurrir al debate y a una introspección de nuestras ideas. Ninguno de nosotros quiere sufrir ni que sus seres queridos estén en riesgo, y nos concentramos tanto en esto que olvidamos que no somos el centro del universo, que muchas personas viven realidades diferentes con posibilidades y limitaciones distintas. Esta declaración no es la solución a nuestros problemas, pero puede ser una manera de empezar una conversación, de ratificar nuestra humanidad en estos tiempos oscuros, velando por las mejores soluciones posibles, no las más fáciles o convenientes.