525,600 minutos de silencio

Nacional Opiniones

Este no es un día de muertos como lo han sido los anteriores. Una pandemia sin precedentes, en el marco de conflictos económicos y políticos, acompañada de cambios en el ambiente por un capitalismo desenfrenado, en un contexto de cada vez mayor desigualdad económica, nos sitúan en un dos de noviembre en el que nos van a faltar altares y los minutos del año no serán suficientes para guardar silencio.

Fuente: BBC/AFP

Escrito por: Benjamín Vigueras

La relación con la muerte siempre ha formado parte de la construcción identitaria de las personas mexicanas. Previo a los procesos de colonización, la gente ya hacía fiestas para honrar y guiar a sus familiares en su camino por el Mictlán, y conforme llegó la Metrópoli española, las celebraciones y rituales tuvieron que adecuarse al estándar “civilizatorio” de aquello que se consideraba correcto. Así, lo que encontramos hoy como día de muertos es un sincretismo que tiene muchos matices alrededor de todo el territorio nacional, pero que tiene un determinante común: Nos permite reunirnos con las personas que amamos y que ya no están con nosotrxs; en donde lloramos sus muertes, pero celebramos sus vidas, la que dejaron y la que tienen por delante.

Este no es un día de muertos como lo han sido los anteriores. Una pandemia sin precedentes, en el marco de conflictos económicos y políticos, acompañada de cambios en el ambiente por un capitalismo desenfrenado, en un contexto de cada vez mayor desigualdad económica, nos sitúan en un dos de noviembre en el que nos van a faltar altares y los minutos del año no serán suficientes para guardar silencio.

En primer lugar, está el coronavirus que, según cifras oficiales, se ha cobrado la vida de aproximadamente 92,000 personas en México, sumado al contexto de violencia que ha caracterizado al México contemporáneo. El 18 de septiembre del presente año Alfonso Durazo señaló que, en los primeros ocho meses del 2020, 23,471 personas fueron asesinadas en nuestro país, incluyendo 645 casos de feminicidio.

Estos 23,471 casos son, a su vez, los 39 asesinatos por razón de la identidad de género de una persona, son 4 periodistas cuya vida fue arrebatada, la muerte de al menos 10 activistas en lo que va de la cuarentena,  el incremento del 53.8% de delitos de delincuencia organizada en comparativa con el año pasado. Son asaltos a mano armada, ajustes de cuentas del narcotráfico, acceso pobre a la salud, deudas pendientes y odio deliberado. Lamentablemente estas son solo cifras oficiales, y no son necesariamente un reflejo digno de la realidad, pues hay muchas muertes de las que no nos enteramos.

Algo que comparten todas estas muertes es que son resultado de un sistema podrido caracterizado por la impunidad, la negligencia y la corrupción. La muerte es algo natural e inevitable, creer lo contrario sería negar la realidad, pero la falta de insumos médicos, la deliberada condena de quienes velan por la verdad, el intento de silenciar a quienes luchan por justicia y la falta de consecuencias para quienes terminan con la vida de las personas inocentes, no son azares del destino y podrían ser evitadas.

No solo mueren las personas en el plano físico, también en el ideario colectivo de la mayoría. Se ha vuelto algo tan cotidiano que el aumento de porcentajes no nos preocupa y que los medios de comunicación cubren como si se estuviera hablando de una caída en el precio de las acciones. Lo que no se nombra no existe, y las personas invisibilizadas por la normalización de la muerte dejan de existir también en el plano de las ideas.

Las cifras que le preocupan a Andrés Manuel López Obrador, los indicadores del índice de Paz México, los porcentajes de la Organización Mundial de la Salud y las estadísticas del INEGI no son solo números alarmantes. Son la foto de Fernanda Sabalza en el altar de su mamá, son el pan de muerto que ponemos en nuestra ofrenda para que el regreso de Anel Valenzuela sea agradable, son las flores de cempasúchil para iluminar el regreso al mundo terrenal de Giovanni López, Alexander Martínez y de todos los caminos que no pudieron ser iluminados en vida. Es imperativo que humanicemos la muerte, porque esa cantidad de muertes no es humana.  Si los indicadores de muerte y las cifras nos parecen alarmantes, el duelo de las personas en cercanía con aquellxs que partieron lo debería ser aún más. Ninguna cifra podrá estar cerca de describir el sentimiento de cuando alguien parte arbitrariamente, y ningún discurso de estado podrá ser suficiente para llevar el duelo de aquellas personas que partieron injustamente.

La posmodernidad nos ha orillado a un estilo de vida y un contexto político donde la muerte es algo natural, es un mecanismo justificable para alcanzar nuestros fines y es el pan de cada día de las producciones culturales que consumimos, sin embargo, esta posmodernidad se puede ver contrarrestada cuándo nos mantenemos cerca de aquello que nos ancla con la realidad, y nuestras tradiciones pueden ser un paso muy bueno en ese tenor: la luz de las velas en nuestros altares, las flores que guían las almas de nuestras familias, el recuerdo de las sonrisas de quienes no están y las cruces que nos recuerdan que las verdades históricas están escritas a modo, son también instrumentos de resistencia. 

Mientras existan personas que recuerden lo significativo de la muerte, existirán personas que entiendan lo valioso de la vida. Qué este día de muertos tan poco usual nos recuerde que aún hay mucho trabajo por hacer y nos invite a luchar por algún día en que el Estado no nos mate, en que la violencia no reine, que las instituciones sean transparentes y que no nos sobren silencios, ni nos falten altares.

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