Anti-agenda joven

Nacional MTY
Fuente: Elvira Nimmee

En una colaboración para Ruta Electoral, Diego Zermeño expone a manera de diálogo personal las inquietudes que deambulan en la mente de una juventud amorfa, llena de retos y que no puede -ni debe- darse el lujo de ser apolítica en cara a las elecciones de este año.

Escrito por Diego Zermeño

Nunca me ha gustado la discusión acerca de una supuesta “agenda joven”. Cada vez que veo a alguna servidora pública o candidato implorando por “los jóvenes” y por apuestas más “jóvenes”, muchas veces no sé dónde comenzar o lo que realmente buscan decir.

¿Qué quiere la juventud, que según somos tan cercanos y tan iguales, que podríamos ser agrupados como un segmento demográfico con un interés común? Se repite tanto la palabra que hasta nos empujan a desdeñar nuestra propia edad para evitarnos esta lógica horrible de ser encasillados.

No obstante, sí hay unas características que nos unen. Nuestra edad ha sido retratada por grandes pensadoras y pensadores como una época de la existencia donde la vida está repleta de energía y posibilidades. Se supone que debe ser el momento en el que tomamos las riendas de nuestros destinos con curiosidad, empujando al mundo hacia una nueva era en innovación tecnológica, tendencias de pensamiento, progreso social y corrientes de expresión artística. Se espera que pasemos por diferentes pruebas y ritos de paso, desafíos que nos impulsen a crecer, sanar y probarnos a nosotros mismos. Y, sobre todo, que lo hagamos con vigor rebelde siempre.

Poco en nuestra realidad actual se asemeja a este escenario. Para las personas que estamos estudiando una carrera universitaria, el mercado laboral se siente como una soga en nuestros cuellos, apretando con cada semestre en el que vemos contenido que caduca unos años (o hasta meses) después. Enfrentamos una crisis de salud emocional que si bien ya era un problema antes de la pandemia del Covid-19, ahora se ha convertido en un titán invisible que ha aquejado a cientas de las personas con las compartimos las aulas o los espacios de trabajo.

El macro evento histórico que nos está tocando ha cerrado la puerta a nuestras viejas vidas, encerrando nuestros deseos de independencia en casa de nuestros padres y alejando todavía más el sueño guajiro de tomar a la vida por los cuernos. Y el rito de paso más cercano que hemos tenido es el de despertar otra mañana y posarnos despeinados frente a una computadora para recibir una educación diluida.

Para colmo, esta visión de nuestros presuntos mejores años solo aplican si formas parte de un mundo extraordinariamente privilegiado. En México, 305 mil estudiantes de universidad abandonaron el sistema gracias a la pandemia, un número tres veces más grande que todo el estudiantado del Sistema Tec. Al mismo tiempo, 2.5 millones de alumnes desertaron el nivel básico de educación. Para que nos demos una idea, esto equivale a un 69% de toda la población universitaria del país. Estas son personas que van vulnerables a todo tipo de disrupciones y tempestades: ¿en qué mundo podría esta juventud sacar adelante un nuevo periodo para nuestra historia entre tanto caos y desesperanza?

Por eso me genera tanto disgusto cuando políticos de carrera, con puestos y trabajos asegurados, sonrientes ante una demografía temerosa y necesitada, vengan a hablarnos de lo que necesitamos y/o queremos como una “agenda”. Claramente no saben qué estamos enfrentando ni tienen el tiempo para formular soluciones a largo plazo que nos sirvan.

La generación del siglo XXI tiene en común crecer entre crisis económicas, de salud, de medio ambiente y de sociedad. Nos une nuestra angustia y dolor frente a una incertidumbre creciente. Nos conecta un miedo existencial al “qué dirán” y al no ser suficientes. Y ya no tenemos el lujo de permitir que personas así tomen decisiones por nosotros.

Es por eso que ser apolíticos a nuestra edad (y en este punto particular de nuestra historia) es un suicidio por apatía. Nuestra crisis es sistémica y votamos todos los días, no solo cuando se sacan las urnas. Votamos con nuestros pies, cuando decidimos apostarle al ideal del peatón y del transporte público como una alternativa sostenible. Votamos con nuestro dinero cuando dejamos de comprarle a empresas que sabemos están haciéndose la vista gorda sobre las violencias ejercidas en sus procesos internos y cadenas de valor. Votamos con nuestros ojos cuando decidimos a quién o qué ignorar en redes, votamos cuando decidimos cuidar nuestro bienestar en vez de priorizar una productividad tóxica que muchas veces sentimos determina nuestro valor. Votamos cada día cuando pasamos del tweet a favor de un movimiento social a cambiar nuestros estilos de vida, nuestras amistades, nuestros hábitos y comportamientos. Con esto en mente, queda claro que hay formas para darle un vuelco a este sistema con una solución que responda a su naturaleza.

No queda más que ahora impulsar a personas que estén conscientes de esto a puestos públicos. Para muchos, esta es la frontera más complicada, porque sentimos que estas personas no están o no han aparecido. Pero sí están. Es la activista de preparatoria que se emocionó tanto cuando aprendió de derechos humanos que decidió formar un grupo de Whatsapp que ahora es un colectivo. Es el arquitecto que decidió ir en contra de la ideología de su escuela para priorizar la creación de espacios públicos dignos y asequibles para todas las personas, no solo las que pueden costearse un departamento en una torre de lujo. Es el organizador comunitario que se abrió por completo sobre quién era y a quién amaba para sentirse cómodo en una carrera para un puesto de elección popular, sin importar que esto despertara lo peor de la sociedad. Es la estudiante de medicina que comenzó a recabar información sobre violencia obstétrica para presentarla frente a un profesor incrédulo.

En México pensamos que nuestras respectivas ciudades son demasiado pequeñas para nuestros sueños. Y alguien que me impactó profundamente me dijo que esto es porque las hemos hecho pequeñas. Nuestras habitaciones pueden albergar un universo. Solo hay que nutrirlo. Y tal vez cuando nos veamos en los espejos, podamos vernos y decir que siempre fuimos eso. Cuando seamos conscientes de eso, habremos ganado la primera batalla. La segunda será darnos cuenta que no debemos cargar con nuestros universos solos. La tercera va a ser cambiar al mundo, juntas, de lo que no queremos a lo que sí deseamos. Y la cuarta… Bueno, supongo que lo sabremos cuando debamos enfrentarla.

*El próximo seis de junio se elegirá a un nuevo gobernador, 51 alcaldes, 42 diputados locales y 12 legisladores federales en Nuevo León. En  Ruta Electoral podrás leer contribuciones colectivas e individuales de jóvenes que están transformando la política en NL desde su trinchera.