Jueves histórico: Una historia que no puede enterrarse, ¡no olvidemos a las mujeres de solaz!

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Créditos: Spanish.people.cn

Escrito por: Indra Morales Peña

Durante la Segunda Guerra Mundial, así como después de esta, el Imperio Japonés fue acusado de esclavizar sexualmente a cientos de miles de mujeres de diversos países asiáticos.  Actualmente, las víctimas han hablado sobre su experiencia con Amnistía Internacional, una ONG, en la búsqueda por la visibilización y justicia mientras el gobierno japonés sigue sin responsabilizarse de los hechos.

La expansión del Japón Imperial por los países de Asia Oriental durante la Segunda Guerra Mundial dejó muchas víctimas por crímenes de guerra, como asesinatos en masa, trabajo forzado, uso de armas químicas e incluso se llegó a hablar de canibalismo, entre otras atrocidades que los países que fueron ocupados aún recuerdan vívidamente.

Aunque después de 1945 se sostuvieron varios juicios sobre estos crímenes y el gobierno japonés emitió disculpas oficiales por la mayoría de ellos, aún existe un grupo de personas que no han obtenido justicia por los crímenes que sufrieron, e incluso se ha llegado a negar la existencia de estos por el gobierno: las mujeres a las que llamaron “mujeres de solaz”.

Desde 1932, y algunos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el ejército imperial japonés esclavizó sexualmente a una gran cantidad de mujeres. El historiador Bernd Stöver estimó el número de víctimas en 200,000 pero se ha hablado de que los números llegan hasta 410,000. Mujeres y niñas de entre 12 y 20 años provenientes de Vietnam, Taiwán, China, Malasia, Filipinas, Corea, entre otros países ocupados por las tropas japonesas, fueron secuestradas, coercionadas, engañadas con promesas de trabajo e incluso compradas de sus familias, siendo este último el caso de las mujeres japonesas. Todas tenían el objetivo de ser llevadas a lo que se conocía como “estaciones de consuelo” o “centros de solaz”, que no eran más que otros nombres para los burdeles militares.

Estos burdeles se comenzaron a establecer después de que las violaciones masivas que ocurrieron durante la captura de la ciudad china Nankín atrajeran demasiada atención no deseada por el Imperio. Las “estaciones de consuelo” surgieron con la intención de prevenir las violaciones dentro del campo de batalla, además de mejorar la moral de las tropas al ofrecer un “alivio” para ellos después del estrés del combate.

Había “estaciones” en toda la región de Asia Oriental: en China, Singapur, Taiwán, Filipinas, la Península Malaya, Birmania e Indonesia. La actividad de estas estaciones no terminaron con el fin de la Segunda Guerra Mundial, pues las dejaron en funcionamiento por un año entero, pero esta vez atendiendo a soldados estadounidenses.

La mayoría de estas mujeres eran transportadas a grandes distancias lejos de su país de origen con la intención de que no pudieran abandonar las estaciones, ya que muchas de ellas no hablaban la lengua del país en el que se encontraban y no tenían a dónde ir, como lo narra Lee Ki-Sun, sobreviviente coreana, a Amnistía Internacional. Las mujeres que lograban salir de las estaciones no llegaban muy lejos, pues solían estar cercadas con alambre de espino, sin mencionar que estaban vigiladas por guardias. Chang Jeum-dol contó que cuando los guardias la encontraron, la golpearon tanto que perdió parcialmente la audición en el oído izquierdo.

Aunque las experiencias fueron diferentes para cada mujer, todas eran sometidas a varias violaciones diarias. Algunas llegaban a ser violadas hasta 50 veces al día. Choi Gap-soon contó a Amnistía Internacional que “servía” a los soldados desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde y solo tenía una hora de descanso antes del siguiente turno, que según ella, estaba reservado para oficiales de un rango más alto. Maria Rosa Henson dijo que “no había descanso, tenían sexo conmigo cada minuto”. Solo les permitían descansar cuando todos los soldados estaban “servidos”. Cuando quedaban embarazadas las seguían forzando a atender a los soldados hasta los 6 meses de embarazo, pero la mayoría de ellas perdían a los bebés y aquellas que daban a luz, les quitaban a sus hijos a quienes nunca volvían a ver, para que poco tiempo después, volvieran a “trabajar”.

Las víctimas también eran golpeadas y torturadas, tanto por parte de los soldados, como por parte de los operadores de estos lugares. Los médicos que las atendían solo se ocupaban de las enfermedades de transmisión sexual que llegaran a tener, nunca de las lesiones físicas que presentaban. Algunas de ellas eran llevadas cerca de la primera línea de fuego donde quedaban expuestas a los peligros del campo de batalla.

Debido a los problemas de salud que no eran atendidos, la malnutrición y el agotamiento extremo, muchas mujeres murieron en estas estaciones, otras se suicidaron, otras más fueron ejecutadas por las tropas del emperador y algunas fueron daños colaterales de las batallas.

En 1993, el Tribunal Internacional sobre las Violaciones a los Derechos de las Mujeres estimó que, para cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, el 90% de las “mujeres de solaz” había muerto.

Cuando cerraron estos centros, las sobrevivientes se encontraron libres, pero también desorientadas pues no tenían a dónde ir. No tenían dinero, y habiendo pasado años cautivas lejos de sus casas, no sabían si tenían un hogar al que regresar. La vergüenza y el trauma jugaron un rol muy importante, pues no podían hablar al respecto por miedo a ser vistas como parias y a ser excluidas de la sociedad.

Por décadas estos crímenes se mantuvieron ocultos, en parte porque las sobrevivientes no hablaron al respecto pero también porque el Imperio Japonés hizo un intento por quemar y destruir cualquier documento que pudiera demostrar tratos crueles e inhumanos a los civiles y a prisioneros, por esta razón, muchas de las mujeres fueron ejecutadas.

En 1991, Kim Hak-soon fue la primera mujer en alzar la voz y denunciar los crímenes del antiguo ejército imperial. Después de esto, alrededor de 250 mujeres comenzaron a narrar y difundir sus historias para pedir justicia y reconocimiento por todo lo que habían vivido. También se publicaron diversos diarios y memorias de ex soldados japoneses en los que se hacía mención de estas estaciones. A pesar de esto, el gobierno japonés pasó mucho tiempo negando su participación en la coerción a la esclavitud sexual de estas mujeres. Fue hasta 1995 que hubo una disculpa por parte de un exministro japonés, pero no fue aceptada por las víctimas pues no fueron consideradas oficiales desde el gobierno.

Hubo muy pocas sobrevivientes de las estaciones de consuelo, y pasaron muchos años ocultando lo que habían vivido. Cuando por fin alzaron la voz fueron ignoradas e intentaron callarlas. Ahora, se han alcanzado acuerdos que no tienen como prioridad el interés de las afectadas, pues han pasado muchos años sin ver justicia, y por sus avanzadas edades, es posible que nunca la vean, pero sus historias no pueden olvidarse ni enterrarse, es nuestro deber recordarlas y pedir justicia por ellas.

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