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Del odio al amor

Entre el odio y el amor no existe una gran brecha, de hecho, se sospecha que una lleva a la otra, que este par de sentimientos son tan fuertes que crean lazos inseparables como los que se viven en las grandes rivalidades del deporte.

Fuente: thebestf1.es

Escrito por: Francisco Barrientos

Sería imposible contar las grandes historias del deporte enfocándose únicamente en el victorioso o el perdedor. Se torna difícil imaginar el máximo nivel de un atleta sin que este compita hasta el tope de sus capacidades; no existirían los récords y personajes que busquen romperlos sin el aliento y la aspiración de ser el mejor. No veo un mundo donde existan los Yankees sin los Red Sox o uno donde los aficionados River y Boca hablen de su más grande pasión sin mencionar a su rival de clásico de barrio.

No se podría imaginar la tarde más especial en la historia para el Club América únicamente por ganar una final y con un jugador menos si esta no fuera contra el Guadalajara.

Las rivalidades parecen basarse en las diferencias con el oponente, nacen de muchas maneras, por ejemplo, la ideología o religión; caso de los clubes Celtic y Rangers del fútbol escoces, dónde hay contrastes por ser católico o protestante, de origen irlandés o de la creencia unionista. Sin embargo, hay algunas otras que nacen del respeto y deportivismo como Roger Federer y Rafel Nadal que han tenido que convivir y competir en la misma época. Algunas veces ese mismo respeto y honor que merecen los rivales terminan por darte a tu competidor más formidable, como lo hiciera el Bayern Múnich al salvar de la bancarrota al Borussia Dortmund.

Existen inclusive algunas rivalidades que se dan fuera del campo y de las ciudades de los equipos, como la de los Cowboys y los Steelers que se vive con más calor en la afición mexicana que en la de los Estados Unidos, pero que sirve como un pretexto cada cuatro años para juntar seguidores de estos dos bandos para una gran convivencia.

Dicen que del odio al amor y del amor al odio hay una línea muy delgada. Ayrton Senna y Alain Prost vivieron esto durante el final de los ochentas y principio de los noventas, donde empezaron siendo compañeros en McLaren, pero que el hambre de ambos por ser el mejor, llevaron al galo a emigrar a Ferrari y después a Williams; durante años de una intensa disputa con momentos ríspidos como aquel choque en el Gran Premio de Japón de 1989, parecía que todo terminaría en algo más que una rivalidad, sin embargo, para 1993 durante la última carrera de Alain Prost, ya con el título asegurado, Ayrton Senna la ganaría, y aquella tarde en Adelaida levantaría el brazo de su más grande competidor, haciéndolo subir al podio con él y festejando el deportivismo, amor y odio que vivieron por años. Meses después el piloto brasileño moriría en una carrera, una donde su otra mitad ya no competía y que a pesar de todos esos momentos donde fueron enemigos, Prost los dejaría de lado y se encargaría de cargar el féretro de Senna, teniendo el honor de despedir al que se convirtió al final del camino en su gran amigo.

Algunas veces el mensaje del deporte se pierde en la pasión, la competencia y las ideas que puede representar un escudo, un atleta, un país o cualquier caracterización de un competidor. La rivalidad se distorsiona y se vuelve algo ilógico. Está bien seguir y defender lo que representas, pero hay que tener claro que aquello que tanto puedes repeler es parte de tu identidad de cualquier manera, en otras palabras no habría un Real Madrid sin Barcelona, no habría Lakers sin Celtics no habría odio sin un poco amor.

“Odiamos a alguien cuando realmente queremos amarle, pero que no podemos amar. Tal vez él mismo no lo permite. El odio es una forma disfrazada de amor.”

-Sri Chinmoy ¡Feliz 14 de febrero