Tripulantes

Arte y Cultura
The ark Serie: The 100/ Netflix

Escrito por: Alejandro Domínguez Lugo

Su fascinación por el espacio había nacido en un viaje interestelar cuando tenía diez años. El brillo de las estrellas en ese lienzo de eterna negrura. Le fascinaba pensar que en una de esas estrellas estaba su hogar, que en aquella otra tal vez estaba el hogar donde crecieron sus padres y que en la que parecía un poco más grande que las demás estaría la luna donde pasaría sus vacaciones. Sin importar qué tan lejos tuviera que viajar siempre encontraría a alguien. Nunca estaría solo.

Otros diez años pasaron antes de poder ingresar a la academia espacial. Se había convertido en el orgullo del pequeño exoplaneta que no había tenido un solo astronauta en más de dos generaciones. A él no le parecía tanto. Sabía que lo más probable es que terminara conduciendo alguna de esas pequeñas naves interplanetarias. Siempre atascadas de personas. Bebés, niños, y adultos llorando, riendo y quejándose. Lo que aliviaba su corazón era pensar que al menos estaría allá afuera y no atado a la gravedad de un pequeño planeta.

Para su sorpresa, fue uno de los pocos capaz de superar las pruebas de “vuelo crítico”. Cuatro fallas mayores, tripulación inconsciente y veinte toneladas de bombas alfa inestables. Para él era como un gran rompecabezas. Le tranquilizaba la idea de pensar que él no había chocado con aquel asteroide. Solo alguien completamente ciego no hubiera notado la sombra de aquella roca; casualmente ignorada por los sensores de última generación. 

Pocas pruebas más en simuladores, dos años de vuelos de prueba con naves de toda clase y algunos ya lo llamaban el mejor piloto de la galaxia. Él sabía que eso era exagerar un poco; solo un poco. Por eso a nadie le pareció raro que el Mando Supremo Estelar lo invitara a su oficina. Un viaje al centro de la galaxia de dos semanas y dos horas en la sala de espera. Creyó que sería ascendido a coronel y así iniciaría su larga y tediosa carrera por alcanzar la oficina más grande con el cheque más impresionante.

Al salir le parecieron absolutamente ridículos los pensamientos de antes. Ser uno de los mejores pilotos de la galaxia tenía sus ventajas y sus desventajas; aun no se decidía que era esto. Un viaje de cinco años. Solo. Despegaría dentro de tres semanas desde el borde galáctico. Solo. Una nave X-32 modificada. Sí, lógicamente no había otra forma. Un viaje intergaláctico no era cualquier cosa. Necesitaría recursos; los suficientes para cinco años y cuatro meses de viaje desde el borde galáctico hasta el sistema solar más extremo de Andrómeda.

Había escuchado hablar del Proyecto Fénix antes. “Diez” Recordaba que le había parecido algo inútil. “Nueve” ¿Enviar varias docenas de las personas más admirables de la galaxia a colonizar a la galaxia vecina? “Ocho” Absurdo, sí, le había parecido absurdo. “Siete” Ahora era lo único que tenía en la cabeza. “Seis” La galaxia había comenzado a colapsarse. “Cinco” Un evento identificado hacía varios años. “Cuatro” Oculto para asegurar el éxito de la misión. “Tres” Salvar a la humanidad. “Dos” Aquel puñado de hombres y mujeres cuya sobrevivencia dependía de un solo hombre. “Uno…” Un solo hombre, una nave y los suficientes cristales de energía como para mantener al proyecto de pie y que se vuelva autosustentable.

Dos años y medio después repasaba lentamente los hechos. Proyecto Fénix llega a su destino; se dan cuenta de que el planeta al que llegaron es más hostil de lo esperado; las provisiones empiezan a menguar y mandan un mensaje de ayuda; luego, mandan la última nave disponible para tal viaje con varias toneladas de cristales; un pedazo de chatarra que sin supervisión se desmoronará antes de llegar al destino y, como solución, un piloto con la experiencia suficiente como para mantenerla estable hasta su destino. Vaya plan. 

Había sido un día pesado. Algunos ajustes del escudo latera, calibración de navegación y un cable roto en el motor central que le llevó medio día reparar. Se sentía cansado. Aun con el sistema de gravedad defectuoso sentía el peso abrumador de todo su cuerpo. Por suerte solo le quedaba una sola tarea; inventariado. Al principio le había parecido tedioso y terriblemente aburrido hacerlo, pero, con el tiempo, empezó a disfrutarlo. Lo único que nunca se averiaba.

Bajo las escaleras y prendió la luz del almacén. De inmediato cientos de cajas saltaron a la vista y con ellas las sombras. Todo esto era conocido para él. Primera fila, cuarenta y una cajas de alimentos. Segunda fila, treintaicinco cajas con artículos de higiene personal y más comida. Tercera fila, veintiocho cajas de materiales de repuesto y herramienta. La comida de la nave, se dijo a si mismo a la vez que reía ligeramente fuerte. Cuarta, quinta y sexta fila, ciento cincuenta y dos cajas de cristales. Dio media vuelta al topar con pared y conto de regreso. Ciento cincuenta y dos, veintiocho, treintaicinco y cuarenta. No era la primera vez que contaba una caja de más o de menos. Volvió a contar. Sí, cuarenta de comida.

Se fue a dormir tranquilamente. Los ruidos de la nave le habían molestado los primeros meses. Ahora lo arrullaban. Soñó con su hogar. Veía a sus padres de nuevo. A sus amigos de la niñez. Luego todo se empezó a hacer pequeño. Calló en sus rodillas. Trató de agarrar el mundo que se convertía rápidamente en nada. Pronto las estrellas más cercanas se convertían en puntos luminosos y luego en nada. La galaxia entera se comprimía en un solo punto. Trataba de alcanzarla frenéticamente. Sentía como su garganta se cerraba. Todo lo que conocía desaparecía. Era consumido por la obscuridad. No. No quería estar solo.

Despertó sudando y con su corazón acelerado. Le tomó un momento relajarse. Cada vez tenía aquel sueño más seguido. Como no pudo conciliar el sueño de nuevo, empezó su día temprano. Desatascar un ventilador, reponer un fusible… recalcular el rumbo… nunca había visto tal cosa. La nave iba en dirección completamente contraria. Fue sencillo regresar al curso, pero no pudo dejar de pensar en ello el resto del día. Limpiar el dormitorio e inventariado.

Dos, cuatro, seis, …, treinta y ocho y treinta y nueve… Contó de nuevo. Y una vez más. Y cinco veces. Faltaba una caja. Recordó su día paso a paso. Había entrado por comida dos veces; la caja seguía ahí. Entró por el fusible; la caja seguía ahí. No volvió a entrar hasta hora. Buscó por el resto de la nave y no encontró nada. Nada hasta que pasó por la cámara de expulsión. 

Captó su atención antes de que supiera bien qué había notado. La manivela estaba fuera de lugar. El candado que la mantenía asegurada estaba roto. No tenía sentido. Le empezaron a sudar las manos y sintió que le apretaban el estómago. Se acercó lentamente. Siempre cerraba con candado. Nunca lo olvidaba. No había forma de que se rompiera. Tomó el candado y sintió un escalofrío. Puso la manivela en su lugar con la otra mano mientras observaba el candado. Lo estudiaba. Sí, un corte bastante limpió. 

Que una caja de comida fuera expulsada de la nave no le preocupaba tanto. Podría reducir sus raciones por un tiempo y todo estaría bien. Lo que le preocupaba y no le dejaba dormir era cómo pudo haber ocurrido. ¿Cómo? ¿Qué pudo haber llevado su caja desde el almacén hasta la cámara de expulsión y expulsarla?

No supo cuándo se quedó dormido. Lo despertó la alarma. Se cayó de la cama del susto. Cuando se puso de pie se dio cuenta de la luz. Nunca se había prendido antes. Esto era grave. Corrió por los pasillos. Entró a cada cuarto tratando de averiguar qué había prendido la alarma. Las sombras se alargaban. Los objetos tomaban formas inexplicables. Al llegar al cuarto de oxígeno. El generador de oxígeno estaba apagado. Se estaba quedando sin oxígeno. Corrió al tablero. Se dejó caer en la silla. Presionó botones frenéticamente. Tratando de procesar cómo pudo haber pasado un error tan crítico. Pronto reestableció el sistema. 

Cuando por fin pudo tomarse un segundo para respirar empezó a revisar el sistema. Al revisar el botón de emergencia lateral se dio cuenta de que el protector estaba roto. En el suelo estaba los pedazos de plástico. En el suelo, un poco más allá, el martillo cuyo único propósito era destruir aquel plástico. Aquello no había sido ningún error. Alguien había ocasionado el fallo. Algo se calló detrás de él. Volteó casi saltando. Ahí vio la sombra.

Por un segundo se paralizó. Solo. Debía estar solo. Había sido una promesa. Una amenaza. No podía ser posible. Luego, saltó. Corrió lo más rápido que pudo. La sobra desaparecía conforme se acercaba. Salió del cuarto y chocó contra la pared de enfrente. A su derecha volvió a ver la sombra. Siguió corriendo. Izquierda. Derecha. Comedor. Sí. Cerró la puerta. Soltó el botón después de unos segundos. Activo el código de administrador. Lo había atrapado. 

Esperó unos segundos con la oreja pegada a la puerta. Escuchando. Perecía que, quien fuera a quien hubiera atrapado, se había resignado. ¿Cómo había entrado? ¿Había estado ahí desde el principio? ¿Cómo no se dio cuenta antes? Recorrió el resto de la nave. Parecía no haber nada más fuera de lo normal.

Pasó varios días pensando qué haría. Concluyó que no tendría que hacer nada más que esperar. Posiblemente moriría pronto de hambre y ya no sería un problema. Expulsaría su cuerpo después. Finalmente estaría solo. De nuevo solo. 

Pasaron solo dos semanas desde que atrapó al polisón hasta que volvió a soñar con su hogar. Que se encogía y se convertía en nada. Desaparecía. Esta vez no hubo ninguna alarma. Solo pasos. Alguien parecía estar corriendo por todos lados. Se paró de la forma más silenciosa posible. Pasó de pasillo a pasillo. Asomándose antes por si veía algo. Pronto llegó a la puerta del comedor. Los pasos empezaron a acercarse. Revisó el sistema de seguridad de la puerta. Estaba intacto. Los pasos se oían más fuertes. Ahora sabía que estaba a solo unos pasillos de distancia. Se preparó. Los pasos que eran tan frecuentes como una caminata decidida se convirtió en un trote. Llegaría en cualquier segundo. Derecha o izquierda. Estaba listo. Pronto el trote se convirtió en carrera. Los pasos más fuertes. Empezaban a multiplicarse. Parecía que corrían en todas las partes de la nave al mismo tiempo. Su corazón latía fuertemente y parecía que fuera a estallar en cualquier momento. Más cerca, más, más. Estaban a la vuelta de la esquina. El sudor le cubría la cara y las manos. Volteó de un lado a otro y apretó su cuerpo. Preparado para recibir a cuantas personas trataran de embestirlo, pero nadie apareció. Tuvo un segundo de confusión. Pero los pasos seguían acercándose. Estaban en ese mismo pasillo. Más cerca. Debían de estar ahí. Estaban ahí. Estaban con el. El ruido estaba en las paredes, el suelo y el techo. Pronto Ya no corrían en la nave. Corrían en su cabeza. Todos corrían en su cabeza. Corrían en frenesí. Se dejó caer, tapándose los oídos. Gritando. Los pasos eran más fuertes. Sentía cómo azotaban en su cabeza. Hasta que, de pronto, silencio.

Había un agudo sonido en sus oídos. Lentamente se relajaron los músculos de su cuerpo. Inhaló y jadeó, como un hombre que sale a la superficie después de varios minutos debajo del agua. Entonces llegaron las alarmas. Por todos lados. La nave parecía un caos. Se paró de un salto y corrió de habitación en habitación. Reparó en el momento aquellas fallas que solo necesitaban poner cosas en su lugar o reiniciar sistemas. Las que necesitaban una reparación mayor las dejaría para después. Parecía como si la nave hubiera sido destrozada por una docena de personas. 

Se sentía agotado. Por cada cosa que reparaba parecía como que otras diez se descomponían. Pasaba la cabina de navegación cuando vio la sombra de una persona. Entraba al almacén. Casi de inmediato se activó otra alarma. Alcanzó a tomar la primera cosa a su derecha. Para su fortuna fue un tubo metálico. Corrió hacia el almacén. Esta vez no atraparía al culpable. Esta vez lo asesinaría. A medio camino la sombra salió y avanzó rápidamente hacia la parte posterior de la nave. 

Aquella sombra le parecía inhumanamente veloz. Cada vez que aquella entraba en un cuarto el podía acercarse, pero antes de llegar, la sombra salía disparada a la siguiente. Pronto tomó la decisión de cerrar con el mando de comandante cada cuarto que se cruzara en su camino. Pronto cerró todos los cuartos de la nave menos uno; la habitación principal. Bien, ahí no podría causar estragos la sombra. Pronto la sombra se adentró en la habitación a una velocidad más moderada. Él entró, listo para lo que tenía que hacer. Esa nave llegaría a su destino.

Al entrar se dio cuenta de que la puerta del baño estaba abierta. Apenas una parte de la sombra se veía desde afuera. Tomó un respiro profundo. Cerrando los ojos. Calmándose. Entonces, saltó dentro del baño.

Ahí estaba. Podía ver su figura perfectamente aun con la luz tan tenue. Aquello ya no era más una sombra. Ahora era un hombre. No podía distinguir sus facciones, pero sabía que lo observaba. Sabía que aquellos ojos había locura. ¿Quién podría odiarlo tanto a el o a aquella misión como para tratar de sabotearla? No importaba más. Alzó el tubo y lo descargó sobre el hombre tan fuerte como pudo. Hubo contacto. Eso lo llenó de energía, furia y una alegría que no había conocido antes. Golpeó de nuevo. Por fin estaría solo. Soltó otro golpe. Solo. Luego no pudo contenerlo más. Atacó una y otra vez. Balbuceaba. Siguió. Sintió una calentura que se apoderaba de su cuerpo. Soltó el tubo y siguieron los puños. Sentía como se los destrozaba y el correr de su propia sangre. No podía evitar ese frenesí. Estaría por fin solo.

Cuando por fin se quedó sin energía salió del baño. Dejó que sus pies lo guiarán. Las alarmas seguían zumbando en sus oídos, pero todo aquello lo resolvería después. Lo había logrado. Se sentó en la cabina de navegación y observó a través del grueso cristal. Su fascinación por el espacio había nacido en un viaje interestelar cuando tenía diez años. El brillo de las estrellas en ese lienzo de eterna negrura. Le fascinaba pensar que en una de esas estrellas estaba su hogar. Aunque ahora no había forma de regresar. Por otros dos años y varios meses estaría solo. Completamente solo. Empezó a llorar. Sintió un intenso dolor en todo su cuerpo. El cansancio lo abrumó. Sus puños palpitaban y la sangre corría a chorros. Había llegado tan lejos. Solo tenía que seguir un poco más.

Despertó después de un rato. Buscó en el almacén un botiquín, comida y repuestos. Se curó lo mejor que pudo, se alimentó cuanto su estómago pudo aguantar y finalmente se dedicó a reparar la nave. Evitó completamente la habitación principal. Puso la nave en curso. Se sentía seguro. La nave llegaría a su destino. Solo tenía que terminar lo que había empezado con una pesadilla. 

Primero fue al comedor. Quien sea que haya atrapado ahí estaría muerto en estos momentos. Prendió el panel de seguridad y digitó los códigos de administrador. Se detuvo un segundo, luego abrió la puerta. 

Vacío. Su estómago se contrajo y casi vomitó lo que había comido. Su corazón se empezó a acelerar. ¿Dónde podría estar? Corrió por el comedor de lado a lado. No había nada. Ningún indició del paradero de la persona que había atrapado. Lo que le era más alarmante es que todo seguía como había estado el día del incidente. Nunca hubo una persona atrapada ahí. No había una mejor explicación. Los pensamientos lo bombardeaban. Todas sus ideas eran absurdas intentando encontrar una respuesta y lo empezaban a asfixiar. Se dejó caer. Cerró los ojos fuertemente. Alguna explicación debía de haber. Decidió revisar el baño. Aquello se había sentido real.

Prendió la luz. El baño estaba destrozado. Las cortinas de la regadera estaban destrozadas. En el suelo. En el lugar donde debía yacer el cadáver destrozado solo había pedazos de cortina; manchas de sangre, ninguna lo suficientemente grande; el tubo de metal y pedazos de vidrio. Levantó la vista y soltó un pequeño grito horrorizado. Había visto la figura de anoche. En lo poco que quedaba de espejo la veía perfectamente. Las mismas formas y dimensiones. Sí, era la sombra que había intentado sabotear la nave y acabar con él. Lo veía y en los ojos de la figura veía locura. Esos ojos que ahora le resultaban terriblemente familiares. Los gestos de la figura, que eran gestos suyos, aceleraban su corazón. Ya no era solo locura lo que veía en aquellos ojos, sino miedo.

Pasó varios minutos enfrente de la cámara de expulsión. Cabría sin ningún problema. Podría activar el temporizador y solo tendría que esperar. Sería tan fácil. Solo que no podía obligarse a hacerlo. Parecía como si su cuerpo se hubiera paralizado en el lugar. La nave estaba lista para seguir sin él. Había pasado horas reparando todo, incluso aquello que parecía en buen estado. Se había prohibido dormir. Estaba agotado. Sería tan sencillo recostarse en ese mismo lugar y simplemente dormir. Dejar que su locura se apodere y destruirlo todo. Hacer explotar la nave y ya. Pero tenía una misión. 

“Diez” Contaba en su mente para tranquilizarse. “Nueve” La nave estaría bien. “Ocho”. Quedarse condenaba la misión a un fin seguro. “Siete” Terminaría por volverse loco tarde o temprano. “Seis” Sí, hacía lo mejor. “Cinco” Cerró los ojos. “Cuatro” Una alarma se disparó dentro de la nave. “Tres” De inmediato se dio cuenta de que no lo lograría, no, no sin él. “Dos” Golpeó la compuerta con todas sus fuerzas; tenía que regresar. “Uno” Las lágrimas corrían por sus mejillas. No podía rendirse. El era el mejor piloto de la galaxia. Salvaría a la humanidad. Volvería a casa algún día. Ya no estaría solo. La compuerta se empezó a abrir.

El shock fue casi instantáneo. Su rostro se congeló eternamente en un gesto de terror. Su cuerpo quedó a la deriva.

Reporte del Proyecto Fénix, marzo 21:

La nave aterrizó anoche. Llegó a tan solo unos kilómetros al sur del puesto central. La colisión, y la explosión que se dio a continuación, despertaron a todos en la base. Enviamos equipos de reconocimiento. El primer grupo en llegar reporta que la nave se había destrozado. Pudieron identificar tres partes principales; entre ellas el almacén. Pudieron recuperar ciento treinta y tres cajas con cristales. Serán suficientes para mantenernos a salvo. El proyecto está seguro.

Sobre el resto de los elementos encontrados, pudimos identificar varias cajas de comida y otras tantas de repuestos; posiblemente para la nave. Una segunda y tercera expedición confirman que el cuerpo del tripulante no se haya en la zona del impacto. Mandaremos otra expedición a los alrededores con la esperanza de encontrar el cuerpo.