Siebenbürgen

Arte y Cultura

Escrito por: Juan Carlos Rueda Silva

Lillie creció en el sur de Bavaria, pasó su infancia contemplando las blancas cumbres de los Alpes, mientras su madre recordaba las cumbres de otros Alpes, los transilvanos, y las historias que le solía contar su abuela en su pequeña aldea sajona entre los Cárpatos.  Le contaba historias de tiempos de antaño, ya enterrados bajo el paso de incontables siglos.  Historias de cuando los sajones resistieron las invasiones tártaras, de cómo construyeron una iglesia fortificada, casi un castillo, en la que tomaron refugio y se defendieron de los invasores; historias sobre la granja de la comunidad y, sobre todo, de la vida y el paso del tiempo en esa pequeña aldea sajona.

Esa ya no era la Transilvania que recordaba la madre de Lillie, había pasado tiempo desde esas historias.  Al final de la guerra, Stalin invadió Rumania y mientras los soviéticos cruzaban Transilvania arrestaron a varios sajones para enviarlos a campos de trabajo en Ucrania.  Cuando los soviéticos se marcharon, dejaron atrás a un dictador, Nicolae Ceausescu, que veía a los sajones como una minoría más que ponía en riesgo su poder. 

Nicolae firmó un acuerdo con la Republica Alemana con el cual él dejaría migrar a algunos sajones a cambio de cierta cantidad de dinero por cada individuo.  Para los alemanes este acuerdo significaba poder ayudar a sus primos lejanos a huir de una dictadora opresiva, mientras que para Nicolae Ceausescu era una forma de deshacerse de una minoría peligrosa y obtener dinero al hacerlo.

Cuando la madre de Lillie tenía 20 años fue seleccionada para este programa.  La decisión fue sencilla, no había mucho en que pensar y la respuesta era obvia.  Esta era la oportunidad de escapar de un país arrasado por la pobreza, sin libertad y que solo ofrecía un futuro incierto, para así iniciar una nueva vida en un nuevo y próspero país que ofrecía un sinfín de oportunidades.  Entonces lanzó una ultima mirada a los Cárpatos y se subió a un avión hacia Alemania dejando Transilvania para jamás verla de nuevo.

Por muchos años no volvió a saber nada de su aldea, pero después comenzó a ver caras familiares en las calles.  Después de la revolución de 1989, varios sajones aprovecharon la apertura de la frontera para tomar el mismo camino que ella había emprendido varios años atrás; Alemania les parecía un país que les daba la bienvenida, lleno de oportunidades.

Lillie ya no pensaba mucho sobre las historias, por qué hacerlo si no las había escuchado desde hace años.  Se había mudado a Múnich para estudiar la universidad y se quedó ahí después de su graduación.  Encontró un trabajo y su vida siguió un camino esperado y monótono, siguiendo la rápida corriente de la vida en la ciudad.

Se había adaptado rápidamente a vivir siguiendo una rutina, haciendo lo que se esperaba que hiciera, cumpliendo las cambiantes expectativas de los que la rodeaban.  Día tras día observaba el paso del tiempo, insuficiente para ella. Corría de un lado a otro, siempre dejando sus intereses y deseos a un lado, esperando un mejor tiempo, un día mas calmado, un momento en el que no estuviera menos estresada y menos cansada; esperando otro día con menos compromisos.  Tenía ya otras cosas más importantes que hacer, cosas con prioridad, cosas útiles que le dijeron que le servirían.

Una noche, quizá a partir del cansancio, quizá a partir del aburrimiento o quizá simplemente por el tedio del tono monótono de su rutina, sintió que el aire de su departamento la asfixiaba; tenia que salir de allí.  Salió a caminar por la ciudad y caminó sin destino y sin dirección, caminó sin pensar en qué ruta seguiría, caminó solo por caminar, el fin de su caminata era el caminar en sí mismo. 

Eventualmente se encontró que su caminata la había llevado a la orilla del Isar.  Se asomó por encima del barandal y en el agua vio una imagen, una copia exacta de ella misma, un clon exacto, pero hecho de agua. En ese momento, Lillie se empezó a sentir liquida.  Entre más lo pensaba, la sensación aumentaba, se volvía más claro y encontraba más evidencia que demostraba que ella era liquida, siempre lo había sido. 

Desde los Alpes, la universidad, y hasta Múnich, habían fluido a través de ella como las aguas del Isar, pasando rápidamente sin detenerse.  Durante toda su vida había perseguido ciegamente objetivos e ilusiones que le prometían darle una sensación de seguridad y de estabilidad, sin embargo, en cuanto parecía que estos se materializaban, se daba cuenta que igualmente estaban hechos de agua, se le escapaban de la mano y seguían su flujo en las corrientes del tiempo, convirtiendo sus promesas en sensaciones efímeras.  Ella misma había dejado que varios de estos objetivos fluyeran con la promesa de que tras ellos la corriente le traería algo mejor, siendo que solo traería más y más agua.

Las demás personas también deben de ser liquidas, pensó ella.  Las amistades, relaciones, conocidos y cualquier otra persona con la que haya tenido contacto alguna vez, todas son moléculas de agua, que por un segundo permanecen justo en frente de ella, solo para estar río abajo en el siguiente segundo, dejando atrás ninguna evidencia que diga que en algún momento estuvo frente a ella.

Ahora todo le parecía líquido y de la misma forma que alguien que se está ahogando intenta desesperadamente agarrarse de cualquier cosa de la que pueda agarrarse, Lillie se sujetó fuertemente del barandal, sintiendo la urgencia de sostenerse de algo sólido, algo que la ayudara a flotar y a resistir la fuerte corriente del río, algo que no fluyera.

Asustada, Lillie se alejó rápidamente del río.  Corrió y vio las luces de una taberna que seguía abierta.  Decidió entrar par distraer su mente de aquellos pensamientos y para matar algo de tiempo.

Entró a la taberna y se sentó en una mesa sola.  El aire estaba inundado por el sonido de las bocinas que tocaban fuertemente canción tras canción.  Comenzó a sonar Griechischer Wein, y Udo Jürgens cantaba el coro: Porque siento nuevamente nostalgia. Nuevamente en esta ciudad, seré siempre solo un extranjero, y solo. Lillie repentinamente se sintió identificada con esos versos.  ¿Por qué razón se sentiría como una extranjera, si nació en ese país?, refeccionó ella.  Recordó conversaciones que había tenido en el pasado con amigos y colegas, y la invadió la sensación que durante esas conversaciones ella no entendía nada.  Claro, entendía el idioma y lo que significaban las palabras, lo que no entendía era el sentido y la razón de esas conversaciones.  Recordaba el tema de esas conversaciones: modas que durarían poco, placeres efímeros, nombres de personas famosas que no significaban nada, sueños e ilusiones sin futuro y sin razón.  Todos esos temas eran coas destinadas a ser olvidadas al día siguiente junto con la conversación que las trató.  No entendía el punto de hablar de cosas destinadas al olvido, cosas superficiales sin relevancia.

Entonces, si ella era una extranjera ahí, dónde habría un lugar en el cual no se sentiría así, pensaba Lillie.  De pronto recordó las historias que había escuchado en su infancia acerca de una aldea, que ahora le parecía casi mítica, en un lugar llamado Transilvania.  Se convenció a sí misma que solo en ese lugar podría sentir que pertenecía.  Que ahí sería el único lugar donde encontraría algo solido de que sostenerse.  Ella tenía que ir, o mejor dicho, regresar a Transilvania. Salió de la taberna y fue directo a la estación de trenes, compró un boleto y abordó un tren que se dirigía al este.

En el camino, mientras el tren cruzaba ciudades, pueblos, bosques y valles, Lillie se formó una imagen clara de lo que iba a encontrar cuando llegara a su destino.  Encontraría un lugar ideal, casi una utopía, una isla segura y solida para descansar en ella, un lugar libre de las fuertes corrientes que transformaban todo en líquido y, sobre todo, un lugar donde sentiría que pertenece, donde sentiría que formaba parte de algo.

Cuando el tren se aproximó a su destino, se encontró con un grupo de turistas.  Irónicamente, ellos estaban siguiendo el mismo camino, querían llegar a Bran para ver el supuesto castillo de un personaje ficticio de una novela.  Lillie decidió ignorarlos, ella buscaba cosas reales, no le interesaban mas ficciones y no se iba a distraer por ellas.  Estaba convencida de que lo que encontrara en su destino seria algo real, algo certero y sólido.

El tren se detuvo en una estación.  Al leer que el letrero de la estación decía Sibiu, Lillie supo que había llegado a Hermestatt.  Había llegado al corazón de Transilvania y en poco tiempo estaría ya en la aldea, esa aldea ideal con la cual había soñado todo el camino.  Lillie bajó del tren y entró a la estación.  Se sorprendió de ver gente corriendo de un lado a otro de la estación, corriendo aparentemente sin destino, sin detenerse jamás, siempre fluyendo.  Quizá Lillie había olvidado que el Isar vertía sus aguas en el Danubio, el cual, tras cruzar ciudades, pueblos, bosques y valles, finalmente regaba los campos de Transilvania.  A pesar de eso, Lillie mantenía sus esperanzas, estaba segura que todo mejoraría cuando llegara a aquella aldea.

Caminó directo al mapa de la estación para buscar en él la aldea y no la halló por su nombre sajón: Kleinschenk, sino por su nombre rumano: Cincşor. Así fue que logró transportarse hasta aquella aldea.  Sus calles estaban llenas de rumanos y gitanos que años atrás se habían mudado a las casas que abandonaron los sajones en el pasado.  Decidió subir a una colina, en cuya cima estaba la casi legendaria iglesia fortificada.  Desde ahí contempló por primera vez las cumbres de los Cárpatos y entró al complejo que formaba la iglesia. 

Varios de sus edificios se encontraban ya abandonados y decayendo lentamente, otros se habían convertido en tiendas y múltiples negocios.  El edificio principal seguía siendo una iglesia, pero se sentía vacía, casi abandonada y olvidada, solo una cáscara de sí misma y una versión degradada de la iglesia fortificada de las historias de su infancia.  La iglesia fortificada ya no era más la solida roca que Lillie esperaba encontrar, era solo una fachada de lo que ella suponía que debía ser.

Desesperadamente intentó agarrarse de una vaga esperanza, de que seguramente, en alguna parte, la aldea ideal, en la que había puesto todas sus esperanzas, aun existía.

En su desesperación, logró encontrar la dirección de uno de los pocos sajones que aún vivían en esa aldea y decidió visitarlo.  Cuando tocó la puerta, de aquella pequeña casa surgió un anciano que pronuncio una palabra que Lillie no entendió.  Se dio cuenta entonces que aquel anciano estaba hablando sajón y ella no lo hablaba.  Fue en ese momento cuando se dio cuenta que se había enfocado tanto en idealizar aquella aldea que había olvidado el detalle del lenguaje.  Ella era extranjera allí.

Comprendió que ella estaba condenada a siempre, sin importar a donde fuera, ser una extranjera.  Siendo una leal ciudadana y siempre presentando el pasaporte de un país que ya no existe, jamás existió y que jamás existirá y, a pesar de todo, siempre juraría lealtad y defendería felizmente las quebradizas murallas de un castillo de aire.