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Arte y Cultura

Preludio a la esperanza en tiempos de colapso

Los recuerdos de mi infancia, aún siendo difusos y parecidos a un sueño, me presentan claros momentos en los que me encontraba rodeada de plantas y flores, mismas que eran cuidadas por mis madres. Conforme fui creciendo, la imagen de las bugambilias apareciendo como señal del advenimiento de mi cumpleaños en primavera, de las jacarandas llenando la calle de alfombras moradas en otoño y los inviernos llenos de tejocotes, comenzaron a escasear.

La preocupación por la falta de agua y el reclamo constante hacia mis mamás para que la cuidaran tal y como lo hacen conmigo, se entremezclaba con la tristeza y rabia de ver cómo cada año hay una, mejor dicho, muchas especies agregándose a las lista de “en peligro de extinción.”

Me recuerdo preguntando por qué los científicos no podían crear un parche gigante que cubriera el hoyo en la capa de ozono, ¿qué era la capa de ozono? ¿por qué tenía un agujero? Yo decía que era culpa de nosotros, pero ¿quiénes nosotros? Yo argumentaba ante mi familia que el agujero había aparecido a causa de la contaminación, y que la falta de soluciones se debía a que no había muchas científicas. Criada entre mujeres, no comprendía por qué nos gobernaban hombres, si al parecer ellos no habían hecho mucho para dar soluciones.

Y entonces, poco a poco, este tipo de imágenes comienzan a llenar mis recuerdos más conscientes: basura, falta de agua, estaciones cambiantes y como si se tratara de la descripción de una fábula irreal, el imaginario de mi cotidianidad se torna en constantes alertas sobre la mala calidad del aire, noticias sobre desastres naturales en nuestro país y en el resto del mundo ante los cuales la gente se solidarizaba.

Las fotos sobre sequías en otras latitudes ajenas a esta gran ciudad, que arrasan con todo lo que hay a su paso, y la imagen constante del oso polar buscando comida en medio de bloques de hielo derretidos se impregnaron en mi mente, y sobre todo en mi corazón.

Esto parece un cuento de terror, pero como entonces lo escribiera Rachel Carson en la década de 1960 “ninguna brujería, ninguna acción del enemigo había silenciado el rebrotar de nueva vida en este mundo así afligido. Lo había hecho la misma gente”[1]. ¿Pero acaso toda la gente, o sólo un puñado de megacorporaciones que emiten una inmensa cantidad de Gases de Efecto Invernadero? Las mismas empresas que año con año se niegan a recortar sus emisiones, pero no así los salarios de sus trabajadores(as) más precarizadxs.

Esas preguntas, producto de la insaciable curiosidad que de niña me llevaron a soñar con ser la presidenta de un país en el que las cosas malas no existieran como la pobreza, el hambre y perritos y niñxs sin un techo, hicieron que decidiera estudiar Ciencias Sociales.

Sin embargo y conforme mi formación académica se concretaba, comprendí que aquellas evocaciones catastróficas del fin del mundo, hoy arraigadas como la realidad imperante e implacable de mi generación, no son más que la causalidad inmediata de un sistema de producción insaciable, frente a un planeta con capacidades finitas que ha subordinado la vida a sus intereses.

Pese a que en la actualidad abundan datos que dan cuenta de la magnitud de la emergencia bioclimática, no logramos dimensionar los alcances y repercusiones que tendrán frente a las generaciones que nacen, ni sobre aquellas que todavía no[2].

Los títulos hollywoodenses ya no muestran escenarios de una realidad que se avecina, sino que retratan algo que comienza a vivirse; la lucha por el agua, los alimentos y el aire ya no pertenecen más a una serie televisiva, sino a cotidianidades producto de un sistema de organización económica, política, ideológica y ecológica que ha emprendido una lucha en contra de la vida y que con ella, ha logrado transformar bosques, selvas, manglares y junglas en mercancías a merced de grandes corporaciones coludidas con una élite de hombres de cuello blanco[3], que han decidido el presente de millones de personas.

Y no suficiente con la emergencia socioambiental, pero paralelo a ésta,la guerra contra la vida se expresa con mayor crudeza en contra de quienes proveen toda fuente de vida: las mujeres. En un símil, la naturaleza es vista de la misma manera que esta categoría mujer.[4] De esta forma “el proyecto de la guerra es hoy, para sus administradores, un proyecto a largo plazo, sin victorias ni derrotas conclusivas. Casi podría decirse que el plan es que se transformen, en muchas regiones del mundo, en una forma de existencia.”[5]

De esta manera, sostengo que a lo que nos enfrentamos supera por mucho las características de una crisis ecoambiental, puesto que como señala Carlos Taibo siguiendo a Bonneuil y Fressoz, el concepto de tal “remite a una situación provisional, de la que cabe suponer es posible recuperarse, por cuanto tiene un relieve limitado”[6] y en la actualidad, lo que estamos viviendo ha rebasado esas descripciones, situándonos en un punto que indica el inicio del colapso, entendido como un proceso que lleva hacia el fin de algo[7] y que en el debate ecológico-ambiental sería el fin de la especie humana y de otros tipos de vida sobre el planeta Tierra, encarnizado aún más contra las creadoras de ésta.

No se debe pasar por alto que esto es producto de la escisión característica del progreso, fundamentado en una razón  colonial moderna, que creó diferencias sustantivas entre naturaleza/cultura y hombre/mujer. Tal división no se dio de forma irracional como podría entenderse, sino que está cimentada a través de una racionalidad económica, que ha puesto el capital al centro y no la vida.

Esta racionalidad proviene de “la herencia judeocristiana y platónica [que] condujo a que la cultura occidental se construyera sobre una especie de estructura dual, soporte de las relaciones de dominio y explotación inmisericorde de las tramas de la vida llamadas «naturaleza».”[8]

Esto ha tenido como consecuencia el menosprecio de las otredades y sus prácticas en relación con la naturaleza, en que el hombre ha sido el único ser cognoscente capaz de manipular la Tierra, de “utilizar” sus recursos y explotarlos según sus intereses. Con ello se comienza a dar la escisión entre Naturaleza y Cultura como la lógica que guía la sobreexplotación planetaria y la translimitación biofísica[9], por lo que entonces “El sentido inicial y fundante del habitar se pervierte hacia el dominar.”[10]

Ante ello, las Ciencias Sociales hoy se encuentran frente a un desafío mayúsculo: cumplir con el objetivo que pregonan, es decir, lograr la transformación de la realidad. Aún más, las Relaciones Internacionales como disciplina relativamente joven y que además nace tras la Segunda Guerra Mundial, con un desarrollo claramente a merced de los intereses estatales, necesita de una reinvención teórico-analítica que logre que la inter y transdisciplinariedad trastoque sus postulados.

Hoy más que nunca, como lo señalara Immanuel Wallerstein, debemos impensar las Ciencias Sociales y con ello, las RR.II. en un ejercicio que nos lleve a retomar ideas de la ecología política, la justicia ambiental y los ecosocialismos, que en conjunto con la economía feminista y las diversas luchas de mujeres como los ecofeminismos y los feminismos populares permiten comprender el estado de emergencia bioclimática.

Todos estos postulados no sólo deberán cobrar fuerza para comprender en tanto teoría, sino también en cuanto a emprender soluciones frente a la barbarie que nos atraviesa. Y es que el debate teórico no debe ni puede quedarse al margen de la reinvención conceptual o analítica de las problemáticas, sino que tiene que permanecer en un diálogo constante con nuestras realidades, proponiendo y tejiendo respuestas a esta pugna entre el capital y la vida.

Asimismo, poco o de nada serviría el esfuerzo de visibilizar alternativas y resistencias frente a este sistema de muerte desde lo individual. Hoy más que nunca se necesita de esfuerzos intergeneracionales, que propongan y generen diálogos rebeldes desde la denuncia a este sistema de depredación socioambiental que ha socavado las bases materiales para la reproducción biosostémica, acompañada de la convicción personal y colectiva de que las propuestas vertidas aboguen por la despatriarcalización de las relaciones que han sostenido la organización capitalista.

Sé que más allá de las teorizaciones y discusiones generadas, la realidad y los datos que sustentan la magnitud del colapso son desalentadoras. Muchas veces, ello me ha llevado a cuestionar la suficiencia de este trabajo, y preguntarme cómo recobrar fuerzas cuando las alternativas avanzan con menor celeridad que las consecuencias de la emergencia bioclimática.

Por ello, también apremia la incorporación de teorías que incluyan sentipensares colectivos, que nos hagan creer y crear utopías. De esta manera, la pedagogía aparece como otra herramienta fundamental que tal y como Paulo Freire sostuviera, permita crear una constante pedagogía de la esperanza, puesto que las tramas sistémicas provocan la desmovilización e inacción de las luchas y resistencias;[11] es por ello que

sin poder siquiera negar la desesperanza como algo concreto y sin desconocer las razones históricas, económicas y sociales que la explican, no entiendo la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y sin el sueño. […] Como programa, la desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo[12].

Finalmente y en consecuencia, estoy convencida de que debemos resignificar el amor y la felicidad como categorías políticas y de análisis, sobre todo como mujeres. Históricamente se nos ha negado el derecho de pensar, creer y crear; pero a sabiendas de ello, hoy -y siempre- la defensa de la vida está siendo encabezada por mujeres que luchan, entretejiendo la utopía de vivir en medio del colapso.

Hoy más que nunca y como dijera Rosario Castellanos, “¡[…] necesitamos tanto reír porque la risa es la forma más inmediata de la liberación de lo que nos oprime, del distanciamiento de lo que nos aprisiona!”[13]. No sólo debemos hacerlo por aquellos seres que existimos hoy, sino por las generaciones que vienen. Es menester reinventar las lógicas imperantes, que permitan el desarrollo de construcciones sociales alternativas que logren vivir sin miedo, de manera con y para la naturaleza.

¡Que si colapsa algo sea el sistema, no el planeta!

Escrito por: Andrea Cortés Islas

Autora de: ¿Cómo habitar este mundo cuando ni siquiera se nos enseña a habitar nuestros cuerpos? y Construir el futuro en colectivo: una reflexión sobre el COVID-19 en torno a la cadena alimentaria agroindustrial y su relación ecosocial.

@siren_andy en Instagram, también formo parte de @ecopiaofical, colectiva multidisciplinaria especializada en educación ambiental y escribo en @alimentaccion convencida de encontrar a más mujeres que tejamos otros mundos posibles.


[1] Rachel Carson, “Fábula para el día de mañana”, en La primavera silenciosa, Barcelona, Crítica, 2010, p. 15.

[2]Cfr., Naomi Klein, Esto lo cambia todo, México, Paidós, 2017, pp. 85-126.

[3] C. Wright Mills, “Los altos círculos”, en La élite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, novena edición, 1987, p. 34.

[4]Cfr., Rita Laura Segato, “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres”, en La guerra contra las mujeres, Madrid, Traficantes de sueños, 2016, primera edición, pp. 61-65.

[5]Ibidem., p. 59.

[6] Carlos Taibo, “El concepto de colapso”, en Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Buenos Aires,Anarres, , 2017, p. 41.

[7] Taibo, ibidem., p. 31 – 34.

[8] Ana Noguera,  “Teoría de los dos mundos: una mirada crítica a la escisión de occidente desde la filosofía ambiental” en El reencantamiento del mundo, Colombia, PNUMA-Universidad Nacional de Colombia,2004, p. 29.

[9]  Yayo Herrero, “Golpe de estado en la biosfera: los ecosistemas al servicio del capital”, en El impacto de la crisis en la desigualdad de género, Madrid, Revista del Instituto de Investigaciones Feministas, Universidad Complutense de Madrid, vol. 2, 2011, p. 229.

[10] Op. cit., ibidem., p. 30.

[11] Paulo Freire, Pedagogía de la esperanza, un reencuentro con la pedagogía del oprimido, México, Siglo XXI, 2011, p. 24.

[12]Idem.

[13] Rosario Castellanos, “La participación de la mujer mexicana en la educación formal”, en Mujer que sabe latín… , México, Fondo de Cultura Económica, 2017, octava reimpresión, p. 31.