El primer hombre

Arte y Cultura

Escrito por: Andrea González Gómez

El camino se encontraba completamente oscuro. Si no fuera por la linterna que llevaba en su mano, Helen estaba segura que no podría ver nada. Nada de esto habría sucedido si tan solo sus padres no hubieran decidido mandarla a ese retiro que según ellos “le ayudaría muchísimo con sus habilidades sociales”, como si en realidad lo necesitara… podía ser perfectamente social cuando se lo proponía.

Ahora se encontraba varada en la carretera que conectaba su ciudad con la ciudad vecina en la que se había llevado a cabo aquel alabado retiro. Todo porque su carro no había logrado completar el viaje de regreso.

Caminar en esa escalofriante oscuridad no era algo que Helen quisiera hacer por lo que cuando observó un bar con unas cuantas personas dentro no dudó en detenerse. El lugar era bastante acogedor considerando que era un bar en medio de la nada. Las paredes estaban llenas de medallas que el dueño había conseguido unos años atrás en la guerra. También había algunas fotografías y un par de armas que había traído de las batallas.

Una vez acomodada en la barra, Helen no pidió más que un vaso con agua. No cabía duda de que la joven era bastante atractiva. Desde el momento en que puso un pie en el bar, las miradas no cesaron. Los hombres ahí presentes se preguntaban qué hacía una chica tan bella y joven en un lugar como ese y a tan altas horas de la noche.

Helen no prestaba atención a las miradas de los presentes, tan solo esperaba que su padre notara que ya había tardado más de lo que debía y que saliera a buscarla. Si eso no sucedía entonces tendría que esperar a que empezaran a salir los primeros rayos del día para poder seguir su camino a pie o tal vez podría hacer autoestop.

Unos largos minutos después de que Helen entrara al bar, la campanilla arriba de la puerta sonó. Por pura curiosidad Helen volteó a mirar y su corazón se detuvo. Sintió algo que hace mucho no sentía, incluso se podría decir que fue algo que nunca había sentido antes.

El muchacho que acababa de ingresar se veía bastante atractivo. Alto, con rasgos bien marcados y bien vestido. Helen se sintió completamente atraída por el nuevo comensal del bar. Cuando notó que él también la observaba, trató de acomodar su cabello y alisar el vestido que su madre le había obligado a ponerse, porque según ella “las señoritas deben usar vestido”. El chico pidió permiso para sentarse junto a ella y sin rechistar aceptó. Helen decidió que era un buen momento para hacer uso de las habilidades sociales de las que sus padres decían que carecía. Después de un rato platicando, Helen notó que aparte de atractivo, el muchacho era bastante simpático. Y no solo ella sentía esa conexión, con tan solo unos minutos platicando, el muchacho parecía estar encantado con la joven.

Después de un par de horas, el muchacho pidió a Helen ir afuera, argumentando que solo quería tomar un poco de aire. Helen aceptó gustosa. Una vez afuera el muchacho notó que nadie la esperaba para llevarla a casa y cuando Helen le comentó la situación con su auto él se ofreció a llevarla.

Helen no dudó en ir con él y una vez en el auto del muchacho emprendieron el camino que Helen indicó. Ella no podía dejar de sentir algo en su pecho, un sentimiento muy profundo que sabía que tenía que ver con el joven sentado al lado de ella.

Cuando llegaron al sitio que Helen le había dicho, el muchacho se encontraba confundido por la apariencia del lugar. Le preguntaba si realmente vivía en ese lugar y si no prefería que la llevara a otra parte. Helen le afirmó que, efectivamente, ahí vivía y que si quería podría mostrarle el interior de su hogar.

Cuando ambos entraron al lugar, Helen cambió. Ya no se veía como la dulce chica del bar. Su mirada era aterradora y antes de que el muchacho pudiera hacer algo, una navaja había sido incrustada en su costado. Ese corte no fue suficiente para matarlo pero con lo que sufriría en las siguientes horas, él hubiera deseado que sí.

Helen disfrutó aquello como nunca antes había disfrutado algo. No comprendía cómo es que aquel psiquiatra le había dicho que lo suyo era delicado y que no se lo desearía a nadie. No entendía porque sus padres siempre habían tenido tanto cuidado con ella y le habían advertido sobre controlar sus impulsos. No comprendía nada si ahora que tenía a ese muchacho desangrándose en el piso de aquel edificio abandonado se sentía mejor que nunca.

Nunca nadie le había llamado tanto la atención como él. Cuando lo miró entrar en aquel bar el tiempo se detuvo. Era tan perfecto y supo que su vida jamás volvería a ser igual porque al fin lo había encontrado, el indicado, el primer hombre que ella mataría.