Día mundial del teatro: una reflexión

Arte y Cultura

Escrito por: María Fernanda Sandoval

Hay un momento justo antes de iniciar función en el que estás parada en el escenario, todo está a oscuras. Alcanzas a ver algunos rostros, el reflejo del reloj de un señor en la primera fila, y los ojos brillantes de un niño, tiene como seis o siete años. Apenas alcanzas a ver su pequeño rostro pero recuerdas lo que había dicho el profesor de drama cuando iban a estrenar su proyecto final “Nunca sabes cuándo es la primera vez que alguien va al teatro, tampoco cuando será la última. Tal vez hoy alguien de público vea por primera o última vez una obra, hagamos que valga la pena”. Sus palabras se escuchan claras en tu mente y, aunque ya tenías propuesto dar la mejor función que habías dado en tu vida, piensas en ese pequeño rostro y decides que pase lo que pase ese niño saldrá maravillado. 

Entonces las luces se encienden y como siempre, llega ese momento en el que la luz te ciega. Por unos instantes no puedes ver nada y recuerdas las clases de catecismo en las que la maestra explicaba la creación del mundo,  “ Y Dios dijo hágase la luz, y la luz se hizo”. En ese momento piensas que si Dios existe y creó el mundo debió haberse visto así ¿Qué es más sublime que esto, un cuerpo buscando la verdad en un escenario? Tus ojos se ajustan al brillo del reflector y entonces tú ya no eres tú, eres otro cuerpo, otra voz, otra alma.

Al terminar la función, las luces de todo el teatro se encienden y puedes ver a tus compañeros y compañeras a tu lado. Al igual que tú, están sin aliento, respirando fuerte, con el rostro brillante por el sudor  y  sonriendo porque saben  que dieron una increíble función, tal vez la mejor que han dado. Volteas al público y miras al señor de la primera fila con el reloj brillante, pero lo que buscas es al niño. Encuentras su rostro redondo, sus manos aplauden con entusiasmo, y sus ojitos demasiado grandes para su cabeza te miran a tí y al resto del elenco como si acabaran de hacer magia. Eso hicieron. En esa enorme caja oscura, que los fines de semana prende sus luces para que unos se paren a contar historias y otros a escucharlas, ocurre magia.