Idalia Carrillo, su poesía

Arte y Cultura

Idalia Carrillo (Hermosillo, Sonora, 1980) es candidata a maestra en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Sonora en la línea de Literatura Mexicana del siglo XIX. Docente de actividad cultural en la Universidad Estatal de Sonora.

Ha participado como ponente en diversos foros sobre literatura, teatro y estudios culturales. Es miembro de la Red de fomento a la lectura de la Biblioteca Fernando Pesqueira y colaboradora del Encuentro de lectores de la misma biblioteca desde 2012. También colabora en el programa “Desde el Jardín de Letras” de Radio Universidad de Sonora de 2014 a la fecha donde promueve el trabajo de las mujeres escritoras.

Bertha en sus palabras

¿De dónde viene el afán de escribir?

Escribir se me da fácilmente. Comenzar no tanto. Desde niña me ha gustado explicarme el mundo ordenar las razones sopesar los motivos y esparcir una explicación que me conforte. Desde niña aprendí a pensar, pero se me reprendió por hablar, por quejarme, por exigir. Mi estatus de persona menor invalidó mis opiniones, mis sentires. Aprendí a callar.

Safo dijo que en la cólera nada conviene más que el silencio y ese consejo lo apliqué tanto que el silencio se me hizo habito. La necesidad de cariño y aceptación me hizo confeccionar un vestido de niña linda, con voz baja y sonrisa perfecta.

Sor Juana enfrentó al mundo y dijo ¿en perseguirme mundo qué interesas? ¿el mundo me persigue a mí también? Sí, mi mundo, del que nací, en el que crecí, El que tejió dentro de mi esta sensación de no ser lo esperado, de siempre ser una persona incompleta, de que los esfuerzos nunca alcanzan y esa voz constante detrás de mi oreja exigiendo lo que tengo, lo no puedo dar porque no lo tengo me tiene cansada.

Gloria Anzaldúa dijo que escribir la salvó. ¿escribir me salva a mí? Escribir me dio satisfacciones. En algún momento creí que escribir me ayudaría a granjearme el amor de los demás, de quienes creen que no alcanza esta que soy, el amor de quienes quieren que sea otra, que deje ser esta que nunca cumplirá con sus expectativas. Hasta hace poco me di cuenta de que escribir me ha salvado tantas veces. Vaciar el dolor, la rabia, vaciar el llanto contenido me salva, es una tabla que me mantiene a flote entre las aguas negras del desconsuelo.

Virginia Woolf dijo que necesitamos un cuarto propio para escribir. ¿mi cuarto es suficientes? A veces pienso que necesito una casa propia, una casa para expandirme entera y sacar a todas las que soy y que al mismo tiempo la habiten y convivan y conversen y congenien y construyan otras a partir de sus descubrimientos y que todas ellas habiten otras casas, otros lugares y se muestren al mundo con orgullo de ser.

Rosario Castellanos dijo debe haber otro modo y yo quiero descubrir ese modo diferente de ser. Quiero ser sin miedo, sin vergüenza, sin dolor. Quiero hacerme ese vestido nuevo de mujer fuerte y segura para explicar lo que pienso, lo que siento. Quiero que los demás sepan como pienso y como me explico el mundo, como me conforto. Quiero ser de otro modo, pero ser yo. Este afán de escribir lo veo en ellas que me heredaron sus palabras. Lo tengo por esta necesidad de explicar, explicarme y reconocerme en mis palabras y en las de las demás. Escribo fácil, aunque inconstante. Escribo concienzudamente sobre la que soy.

Su poesía

Teflabresadonda

Planta mágica de raíz oscura y viscosa, tallo flexible, hojas verdes y moradas en forma de corazón. Sus flores son blancas y los pistilos de un intenso naranja.

La teflabresadonda crece en el desierto después de la lluvia, esparce su alfombra verde y morada entre los arenales que bordean el bosque de espinas.

Su aroma es dulcemente embriagador. Su raíz se deshidrata y se usa como especia para los caldos de invierno porque guarda el calor del verano.

También se usa para la pócima del amor constante, esta pócima es negra y espesa con el centro blanco, sabe amarga en los labios, pero endulza el corazón.

Se la cosecha al comienzo de la aurora antes de cerrar los pétalos. 

Un recuerdo

Esta mañana pasé por el mercado y vi a una mujer con un canasto lleno de teflabresadondas. Me acordé cuando mi abuela me llevó a buscar de estas flores al Gran Desierto de Altar. Encontramos pocas, era el fin del verano. Caminamos entre los sahuaros con la luz de la luna como guía, tomamos un mazo y agradecimos a la tierra.

En casa, la abuela hirvió las hojas en un caldo con verduras. Luego hizo la pócima en del amor constante en una ollita de barro y la agitó con una palita de madera.

Mi madre tomó unos sorbitos de teflabresadonda y se le calentó el cuerpo, poco a poco le volvió el amor constante, se bañó, se dejó peinar y se miró al espejo desde el amor que no sabía que le quedaba.

El aroma de las teflabresadondas me recordó a mi abuela.

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