Fast Fashion: El gran problema de la moda Low Cost

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El Fast Fashion se ha convertido en el nuevo terror para el medio ambiente. Producir ropa en grandes cantidades resulta en bajos precios pero esto conlleva costos muy altos para el planeta.

Escrito por Luis Urteaga (integrante de Agora 101)

Cada año en Europa se venden 56 millones de toneladas de ropa. Esto se traduce a que desde el año 2000 la cantidad de ropa comprada se ha duplicado.*

La industria textil vende 3 billones (billones en español, trillions en inglés: 3 000 000 000 000) de dólares cada año y aumenta de manera exponencial: se estima que para el 2030 la industria crecerá un 60%. Gran parte de este dinero va a los bolsillos de los dueños y fundadores de estas empresas textiles, algunos de los cuales pertenecen a la lista de las personas más ricas del mundo. Un caso sería Amancio Ortega, fundador de Inditex (Zara, Massimo Duti, Bershka, Stradivarius), quien es ya la sexta persona más rica del mundo (68 mil millones de dólares). Esta riqueza se sustenta en el crecimiento acelerado del fast fashion.

Uno de los efectos de esta tendencia es la disminución significativa de los costos de producción y de consumo. A mediados del siglo XX, la compra de ropa representaba un tercio del presupuesto de las familias; el día de hoy este gasto apenas llega al 5%. Como efecto de esta tendencia, el fast fashion ha permitido la renovación cada vez más constante del guardarropa. 

Las propias tiendas de fast fashion implementan las mini temporadas y microtendencias para cambiar periódicamente las prendas. Por ejemplo, en Reino Unido el armario promedio contiene 152 prendas, de las cuales 16 se utilizaron sólo una vez, 57 artículos no se han utilizado aún y 11 todavía conservan la etiqueta. 

Esto nos deja en claro que, ahora más que nunca, la gente quiere cosas nuevas. Sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿Cómo se ha normalizado comprar ropa que usamos sólo 1 o 2 veces o incluso que nunca nos ponemos? 

La moda utiliza ciertas herramientas para incrementar sus ventas; entre ellas, las redes sociales. La gente está expuesta a ellas todo el tiempo y piensa que lo que realmente cuenta es lo que se publica en ellas, especialmente en Instagram, donde no es aceptable que te vean varias veces con la misma ropa. Siendo esto así, los consumidores típicos de moda serán los jóvenes, adolescentes y adultos jóvenes que se sienten constantemente observados y juzgados.

Otra herramienta que utilizan las marcas fast fashion es la neurociencia, pues las marcas saben cómo activar impulsos en el subconsciente de las personas gracias a ciertos mecanismos cerebrales. Esto quiere decir que, entre más conozcan nuestro cerebro más podrán influenciar nuestras compras. El fast fashion emplea el circuito de la recompensa, y para ello, la primera arma que utiliza es el precio. Por ejemplo, si el precio es realmente bajo, sobre todo en comparación con otros artículos similares, el cerebro lo recibe como un mensaje positivo y piensa que el producto es atractivo. Es decir, no nos dará la impresión de estar gastando dinero y al contrario, pensaremos que estamos ahorrando dinero al comprar tal producto. 

Asimismo, el fast fashion utiliza la escasez, al fabricar poco para dar ganas de comprar mucho. La escasez influye en las decisiones de las personas y genera una sensación de urgencia que las lleva a tomar decisiones bajo presión.

La última herramienta que utiliza el fast fashion es la publicidad. La industria no suele utilizar publicidad tradicional pues, además de costosa no está bien dirigida; en cambio, las marcas optan por trabajar con influencers que usen un marketing mucho más sutil. A través de los influencers, las marcas logran llegar más directamente a sus clientes y así le quitan lo abstracto e impersonal a la marca. Este tipo de relación parece ser más genuina. 

Entre más seguidores tenga el o la influencer más dinero podrá cobrar por video, además de que les podrán pagar una comisión por cada venta a través de los links que inserten en sus fotos y/o videos. 

Por otra parte, los métodos de compra también han cambiado, pues ahora se puede comprar todo con un clic y ya ni siquiera se tiene que ir a las tiendas. Los efectos nuevamente se hacen notar: en las ciudades, las entregas a domicilio representan el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero de todos los transportes. 

A esto se suma que producir ropa a bajos precios tiene costos muy altos para el planeta, siendo que la industria textil es la segunda industria que más contamina en el mundo, tan sólo detrás de la industria petrolera. Para producir una tonelada de ropa se contaminan 20 toneladas de agua, y cada año en Europa 4 millones de toneladas de ropa terminan en la basura. Aun así, todos estos problemas ambientales no parecen importarles a estas marcas. 

Para aumentar las ganancias, la industria debe bajar los costos a través de nuevas técnicas de producción y tecnología, pero sobre todo ubicando sus fábricas en países con salarios bajos y con poca o nula protección para los trabajadores. Esto comenzó con mover fábricas a China, país que producía dos tercios de toda la ropa en el mundo en los años 80. Con el aumento de los salarios en China en los años 2000 la industria textil fue abriendo fábricas en otros países en el sur y sudeste asiático donde los salarios siguen siendo bajos: Bangladesh ya es el segundo exportador mundial de ropa detrás de China. Actualmente, los salarios de esta región han tenido un ligero aumento y esto ha llevado a las marcas a abrir nuevas fábricas en el continente africano, particularmente en Etiopía, donde el salario promedio es el más bajo a nivel mundial, con sólo 26 dólares mensuales. 

Pero los bajos salarios no son la única razón por la que la industria textil escoge estos países, sino también porque es en estos países donde las leyes de protección medioambientales son menos estrictas. 

Así, según indica el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) – ONG que se encarga de la conservación del medio ambiente – la industria textil produce 1700 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, lo que equivale a todos los vuelos internacionales y al transporte marítimo juntos. A eso aún hay que agregar el consumo impresionante de agua: 4% del agua dulce del mundo. Por ejemplo, para producir un pantalón de mezclilla son necesarios 7500 litros de agua, y tampoco hay que olvidar la contaminación causada por el teñido de los tejidos y el tratamiento textil, que equivale al 20% de la contaminación mundial de aguas industriales

Finalmente, también está el desecho de micropartículas de plástico cuando se lava ropa hecha con materiales sintéticos, pues 35% de los microplásticos en los océanos vienen del lavado de textiles. 

En breve, así es como la industria textil se ha aprovechado de la globalización para crecer: ofreciendo a ciertos países nuevas actividades económicas y permitiendo a más personas vestirse por menos dinero, a pesar de las graves consecuencias ambientales y humanas. 

Y bien, ¿qué opinas de esta “moda rápida”? ¿Crees que el precio económico justifica el costo medioambiental?

*Este artículo alude a información y a problemáticas planteadas en el documental Fast Fashion, the underwear of fashion at low prices, de Gilles Bovon y Édouard Perrin. Lo puedes ver en el canal ARTE, https://www.youtube.com/watch?v=Do-t80nAj6E 

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